El
proyecto de nueva Constitución ha sido rechazado por la gran mayoría de
los chilenos, quienes, en un proceso ejemplar y reconocido a nivel
mundial, concurrieron a las urnas desplegadas por todo el país para dar
su opción. El número de concurrentes ha sido extraordinario, algo
impensado en cualquier otro tiempo cuando fuimos convencidos de que
participar en la toma de decisiones políticas era innecesario, porque
todo se cocinaba entre cuatro paredes por unos pocos.
El
número habría sido mayor si no fuera por todos aquellos que estaban
fuera de sus respectivos domicilios y que tuvieron que dejar constancia
de aquello en las comisarías. Por fin se tomó conciencia de que esto era
obligatorio, motivación que nos debiera llevar a tomar conciencia y
recuperar la perdida educación cívica, a pesar de las penas de multas
por no hacerlo.
A
pesar de las estrategias implementadas por las distintas posturas,
muchos millones de personas mantuvieron sus convicciones en silencio y
decidieron sus opciones por los efectos que el texto propuesto podría
haber producido. Fueron pocos los que salieron a las calles o pegaron en
sus vehículos pegatines. Por ello la sorpresa del holgado resultado es
más elocuente.
El
texto propuesto nunca podría llegar a ser del gusto completo de
cualquier ciudadano porque, como dijimos al inicio de este proceso en
las columnas escritas entonces, se entrecruzaban intereses comunes, pero
con muy distintas miradas o matices, con mayor gravedad o simpleza, con
convicciones racionales, sentimentales, fundacionales, clericales o
ancestrales, con opiniones de desarrollo macro o sectorial del rubro o
región en que se vive. Nuestro país es tan largo y diverso que debemos
conocernos más y que entendamos la diversidad y necesidades que tiene
cada sector. Por ello resulta imposible que se pueda aceptar
absolutamente todo lo que se proponga. De hecho, no nos cabe duda que
primó en este resultado el mal gusto de aspectos que no hacían sentido a
los ciudadanos.
En
un país acostumbrado a los terremotos, es posible asemejar el estallido
del 18 de octubre a un gran movimiento telúrico: fue inesperado, no
previsto, profundo y muy ruidoso, con ramificaciones de réplicas a lo
largo de todo nuestro país. Como todo temblor, llevó a la preocupación,
al temor, al dolor, a
la proliferación de aquellos que aprovechan la ocasión para hacer de
las suyas y de lo social se transitó a lo material. Cada uno quiere
cuidar lo propio. El golpe sufrido en esa ocasión mostró el derrumbe de
nuestra sociedad y hubo que rearmar y planificar la forma de
reestructurar lo dañado. La Convención fue el mecanismo para sosegar
esos espíritus y la pandemia mundial nos obligó a reflexionar y
reposar. La forma de elección de los convencionales no fue la mejor,
porque permitió que demasiados estuvieren en la papeleta y, en
muchísimos casos, los elegidos tuvieran un respaldo ciudadano
insignificante.
Lo del domingo
ha sido una réplica fuertísima. Ha habido tiempo para ubicarnos en la
realidad y las necesidades que nuestro país aún reclama, y como el
sentimiento de optimismo es transversal a todos los sectores que
propiciaron este resultado, tenemos la oportunidad histórica de hacer
los cambios que la C-80 requiere
y que hoy está disponible, porque no es solo la derecha con su promesa,
sino la amplia extensión de sectores políticos del mundo del
progresismo que también rechazó.
Hoy,
gracias a la participación de estos nuevos actores y a los que
resultaron derrotados, nos permite tener el convencimiento de que habrá
una gran presión para llegar a un texto que sea del agrado de la
mayoría. Todos los que fueron convocados a esta ruta, sin exclusión,
deben estar en la mesa de trabajo que se abrirá para lograr
lo que todo el país requiere: un texto que permita mirarnos a las caras
y, a pesar de las diferencias que territorial, social o políticamente
tengamos, nos podamos abrazar bajo el flameo de nuestra bandera.