Una que nos reúna, ¡sí!

¡Difícil! ¡Es difícil! ¡Es muy difícil! Ya se ha probado, y comprobado. ¿Qué es difícil? ¡Una que nos una! Es difícil que una carta magna nos una, y quizás, sí, una que nos reúna. Somos casi veinte millones de habitantes en este flaco y estirado territorio continental y en sus islas, sin olvidar, a quienes hoy están lejos y añoran, quieren, piensan y sufren por este terruño, y tan solo si fuéramos dos, estoy seguro de que rumbearíamos cada uno para su lado.

Hace un tiempo me referí en una columna de opinión que titulé “Chile, uno”, a la idea de que, en realidad, Chile somos esos mismos casi veinte millones de individuos que sentimos, pensamos de modo diverso, y que el ánimo, el interés, el sueño, sino el propósito es que seamos uno, que pensemos, que deseemos lo que para uno, para el otro, que sintamos como el otro.

Somos hartos. Si de cantidad hablamos, cada uno de los casi veinte millones somos una entidad individual, y así sumamos la cantidad ya predicha. Cada uno, instalados donde estamos, tenemos orígenes diferentes, un RUT distinto, nacimos, crecimos, nos educamos en entornos diversos y somos hijos de esas circunstancias, querámoslo o no, no podemos cambiarlas ni negarlas, tenemos que asumirlas, no más. 

Cada uno defiende lo suyo. Nos planteamos ante la vida de diferente manera, según ese “adeene” personal, social. Y donde nos encontremos nos emocionamos hasta las lágrimas cuando advertimos que somos chilenos, en especial cuando la diosa fortuna nos ha llevado momentáneamente a tierras extranjeras. Cuánta alegría rebosamos entonces. No importa dónde nacimos, dónde estudiamos, cuál es el número de nuestro RUT, ¡somos chilenos, y qué jue! 

Los 19.692.590 logramos ser transitoriamente uno, en circunstancias trágicas que nos sacuden, literalmente, cuando algunas regiones del país padecen cataclismos que afectan a gran parte de la población. Ahí nos unimos, ahí-somos-uno.

¿Qué queremos? Una carta magna que perdure en el tiempo, que tenga en cuenta el por-venir, lo que se avizora, no el próximo año ni cinco, sino al menos treinta o cuarenta años. Al respecto, unos datos, según fuentes documentales serias la población de Chile el año 2050 alcanzaría a 21,6 millones. Es un número, un guarismo, pero el territorio es el mismo, hay más concentración de personas en las urbes comunales, provinciales, regionales, y se nota, vaya si se nota. Lo anterior además redunda en necesidades, o demandas, que ni sabemos cómo se transforman en derechos, en salud, en educación, en vivienda, en respeto al medioambiente, y suma y sigue. 

Todo, y más, se debe estipular, considerar en la carta magna. Y no somos solos en el planeta, hemos de considerar experiencias de pares, de nuestros congéneres, de cómo abordan similares situaciones. 

Hemos tenido dos intentos fallidos, quizás, en lontananza, pudieran advenirse otros. ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Somos personas falibles, que fallamos, que nos equivocamos, no somos infalibles. Nadie lo es. Debemos considerar nuestra imperfección, que somos personas que debemos estar dispuestas a aprender de los demás, de sus experiencias de vida. No lo sabemos todo. Nunca, nunca seremos personas completas, perfectas, infalibles. 

Entonces. Dar forma a una carta magna que nos una, tarea imposible. A la tarea que sí podríamos ponerle empeño, sería dar forma a una carta magna que nos reúna, quizás. ¿Qué faltaría? Personas con voluntad, humildad, confianza, moderación, equilibrio, acuerdo, armonía, paz, entendimiento, calma, concordancia, mesura, sensatez, ponderación, prudencia, justicia, compostura, sobriedad, templanza, contención, tino, discreción, parsimonia, freno, reserva, temple, sosiego, actitud, cautela, comedimiento, quietud, morigeración…

Sin embargo…

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