Una salida elegante al problema de los indultos

Los
indultos de fin de año han desangrado la popularidad del Gobierno y la
herida parece estar lejos de estar lejos de cerrarse. El tema se ha
transformado en una especie de agujero negro, cuya fuerza gravitatoria
ha absorbido los distintos intentos del ejecutivo por superar el
incidente, incluidas la renuncia Ministra de Justicia, el bono marzo y
el anuncio del tren Santiago-Valparaíso. Ni siquiera el acuerdo por una
nueva constitución ha aplacado el efecto devastador de los indultos. A
su vez, la caída en la
popularidad
del Gobierno amenaza con dividir a la coalición gobernante. Los
partidos oficialistas de la ex concertación no estarían de acuerdo con
los indultos, y sacarse fotos con un Gobierno impopular no parece muy
rentable políticamente.

En
este contexto, todo indica que el Gobierno debería hacerse cargo del
impasse en vez de esquivar el bulto, como lo ha hecho hasta ahora. El
problema es que, si bien jurídicamente el ejecutivo podría intentar
revocar los indultos, esto es políticamente inviable ya que el proceso
tomaría varios años y el éxito de dicha gestión tampoco está asegurado.
¿Le queda alguna salida política al Gobierno? Sí, eliminar la figura del
indulto.

Poco
se ha hablado de la institución del indulto, cuya existencia en las
democracias modernas es a lo menos cuestionable. El indulto le da un
tremendo poder a quien lo confiere, ya que permite dejar sin efecto una
pena impuesta por tribunales respecto a hechos que constituyen delito.
Luego, la decisión de perdonar la pena a una persona declarada culpable
por los tribunales significa en sí misma una intromisión del poder
ejecutivo en el ámbito de decisión del Poder Judicial, que consideró que
el indultado merecía la cárcel. Si bien esta figura tenía alguna razón
en otros periodos históricos, donde la figura del debido proceso no
estaba totalmente asentada, hoy parece carecer de todo sentido y
legitimidad, ya que las decisiones judiciales son conocidas por
distintos tribunales (Tribunales de Juicio Oral en lo Penal, Cor
te
de Apelaciones y Corte Suprema), y además existen acciones judiciales
para volver a revisar la sentencia en caso de que existan nuevos
antecedentes.

Es
por este motivo que la aplicación de la figura del indulto ha sido
controversial cada vez que se la ha aplicado en nuestro país, siendo
muchas veces una carga para quien lo aplica. El mejor ejemplo es el de
Eduardo Frei, quien indultó a un narcotraficante en 1996, acto que lo
reapareció en su campaña presidencial del 2009, perjudicándolo. Es
también por esta razón que la aplicación del indulto es excepcionalísima
y generalmente se fundada en motivos calificados (por ejemplo,
humanitarios), que permiten explicar a la ciudadanía por qué se está
liberando a un criminal.

En
ese sentido, el indulto concedido a fines del 2022 refleja el principal
problema de la institución, que es su potencial uso arbitrario. Como
decía Stan Lee, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y, como
todo poder, éste puede ser mal utilizado. A esta altura parece existir
consenso incluso en el Gobierno de que haber indultado a estas 13
personas fue un grave error. Esto, ya sea que la decisión se haya
producido por falta de antecedentes o por un error en el juicio del
mandatario, hipótesis igualmente graves.

Pero
hay una salida. Cuando era candidato, el Presidente señaló que esperaba
“ser un presidente que cuando termine su mandato tenga menos poder que
cuando empezó” y qué mejor que comenzar eliminando una facultad en si
misma cuestionable, que le da una gran cuota de poder. Esto significaría
reconocer el error y cerrar la puerta a nuevos indultos. Esta maniobra
podría caer mal en los sectores más radicales del oficialismo, pero lo
cierto es que volver a utilizar la figura del indulto hoy es
políticamente inviable.

Por
el contrario, no hacer nada probablemente no cerrará la herida y hasta
puede gangrenarla. La capacidad de reconocer errores ha sido un atributo
del Presidente valorado por la ciudadanía. Sin embargo, reconocer un
error y no enmendarlo probablemente deteriorará la credibilidad del
mandatario. Por lo demás, nunca es un mal momento hacer lo correcto.

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