Los opositores al bus se sintieron ofendidos con las frases “Con mis hijos no te metas”, “Nicolás tiene derecho a un papá y una” y “menos estado, más familia”, de manera que expresaron su descontento atacando al bus, amenazando la integridad de quienes se congregaron para apoyar su paso por Chile y dispusieron del denominado “bus de la diversidad”.
Más allá de los ataques de lado y lado conviene reflexionar sobre el fondo del asunto, es preciso cuestionarse si el conflicto que se vivió durante estos días pudo haberse evitado.
¿Qué solución existe en la actualidad cuando por las calles circula un vehículo que porta un mensaje que no coincide con mis ideales? Al parecer la única solución es la violencia, ya sea aquella que se ejerce directamente sobre el propietario del vehículo o bien recurrir al estado para que prohíba su circulación. En ambos casos se busca someter al dueño a los designios de quien se siente afectado por un vehículo que pasa entre las calles llevando un mensaje, cualquiera sea éste.
¿Sólo la violencia es solución frente a un conflicto de estas características? No. En una sociedad libre el conflicto que vimos esta semana no existiría porque incluso el tránsito de un vehículo debe basarse en acuerdos voluntarios entre los dueños del auto y del camino por donde pasará el primero.
Lo anterior implica la existencia de calles privadas, ninguna calle es un bien público, por cuanto todas son susceptibles de ser privadas.
Con calles privadas -que es lo que corresponde en una sociedad genuinamente libre- el problema del “bus de la libertad” deja de ser un conflicto entre partes ideologizadas y pasa simplemente a ser un caso de asignación de derechos de propiedad. El bus de la libertad, el de la diversidad, su auto o la moto de mi vecino deberán acordar, siempre de manera voluntaria, el paso de estos medios de transporte con los dueños de las calles. En términos prácticos, donde haya acuerdo, pasará el bus y donde no exista acuerdo, el bus no pasará.
Los derechos de tránsito quedarán en manos de quién más los valore. Incluso quienes se oponen al bus podrán pagarle a los dueños de las calles para que éste no deje pasar al bus. Nada de eso será censura ni nada por el estilo, porque en ningún momento se recurre a la violencia.
El problema del “bus de la libertad” es que en esta sociedad estatólatra toda solución pasa por el monopolio estatal, es decir, por el uso de la fuerza y no se centra en las personas y en la libertad.