Las autoridades políticas del país han reconocido que en las últimas tres décadas se produjo una desconexión con las necesidades de la gente que terminó por el explotar en el estallido social que vive el país. El país avanzó y mejoró mucho en los últimos 30 años, pero ¿A qué costo? La gente está exigiendo más celeridad, más rapidez, y atacar cuestiones no de un modo paliativo, con instrumentos que mitiguen, sino que redistribuyendo de otra manera el poder, la riqueza, los privilegios, los costos que tienen incluso la protesta. Lo que estamos viviendo es una alerta total, un llamado a las autoridades a que se hagan cambios rápidos y de fondo porque hay mucha gente que la está pasando mal. Todos el país va a tener que contribuir para salir de esto, y eso significa para todos nosotros impuestos que vayan en beneficio de los grupos más necesitados y reducir la desigualdad. La disociación entre los estamentos políticos representativos y la ciudadanía es muy amplia. La ciudadanía se diferenció, se complejizó, se diversificó a un nivel tal cultural, simbólica y socialmente que dejó de poder ser representada en un organismo. Una de las cuestiones que hay que hacer para captar esa diversidad es establecer mesas de diálogos, sistemas de deliberación, foros comunales, en los cuales el estamento político invite y pueda conocer a estos distintos actores a conversar.