Hasta hace pocas semanas atrás las encuestas decían que el 80% de los chilenos se definía de clase media, aparentemente la posibilidad de endeudarse los hacía renegar de su condición de pobres. Pero la realidad era otra y en el corazón de la sociedad se incubaba una lucha silenciosa por una sociedad más justa e igualitaria que conlleva identificación de clase, y que se expresaba en el movimiento por una educación pública de calidad, por el fin de las AFPs o por la causa feminista. Se incubaba una nueva lucha de clases entre ricos y pobres, una lucha entre aquellos que viven la vulnerabilidad y la desprotección versus aquellos que gozan de privilegios.
El movimiento chileno comenzó como un levantamiento espontáneo que sorprendió al Gobierno (que lo subestimó) y pasó rápidamente a convertirse en una expresión de unidad e identidad pero también de esperanza para ese 50% de trabajadores que accede apenas a 2% de las riquezas del País. Un movimiento acéfalo que masivamente se coordina y convoca a través de redes sociales. Un movimiento de clase media y pobres que se cansaron de ser sometidos, vulnerados y explotados. Son familias pobres que no les alcanza para cubrir las cuentas del mes y ven con desesperanza que el círculo de la pobreza se repite generación tras generación. Son familias de clase media que están altamente endeudadas y ven que el Estado los rechaza para acceder algún beneficio. Son familias que ven oscuro su futuro y que vieron con simpatía a los secundarios revelarse saltando un torniquete y que ven a través de la lucha y la movilización se puede torcer el brazo al sistema. Es el retorno a la lucha de clases y no es nada de raro que se exprese con fuerza donde el experimento neoliberal de los Chicago Boys se impuso a sangre y fuego.
El Acuerdo para una Nueva Constitución se tomó el protagonismo y la agenda social ha pasado a un segundo plano, pese a ser la principal causa de quienes se manifiestan en las ciudades y las calles por todo Chile. Creer que una Nueva Constitución es la solución final es no entender la raíz de esta lucha. El movimiento seguirá activo en las calles, con sindicatos y gremios en paro, con familias marchando y jóvenes expresando su descontento, hasta que el Gobierno anuncie una nueva agenda social dirigida a los trabajadores que esperan mejorar su vida, que anhelan acceder a una vivienda digna y propia, que quieren jubilar con una pensión digna, que requieren salud y educación de calidad. Una agenda que beneficie directamente a las clases sociales que sostienen esta movilización aún está pendiente. Hoy todos a la Plaza de Armas que la lucha continúa.