Violencias múltiples

Los
últimos días hemos podido conocer distintos tipos de violencia. La que
surge en una manifestación instrumentalizada por grupos lejanos a una
legítima reivindicación, la que atenta contra bienes comunes desde un
grifo a un paradero, la del abandono parental en medio de una barricada,
la que se expresa en el hemiciclo del parlamento donde el diálogo
debiera primar, la naturalizada en un funeral narco de un adolescente,
la del portonazo o de la encerrona con niños empuñando un fierro, la del
odio en un partido de fútbol, la del que rompe filas y entra sin pagar
un peso al recital, orgullosamente difundida en redes sociales, la
violencia del Femicida que con cautelares a cuesta rompió todas las
barreras de protección. La violencia que día a día somos testigos en la
calle, en el colegio, en el consultorio. Esa que va tejiéndose una a
otra, como eslabones de una cadena que nos va esclavizando como
sociedad, de la que nos vamos acostumbrando -a tal grado- que no nos
damos cuenta cómo vamos perdiendo nuestra Libertad, encerrados tras los
barrotes, viviendo pendientes de una alarma o de un cerco.

La
violencia se ha instalado, erosionando -sin que nos demos cuenta- no
sólo a la comunidad y la familia, sino a nosotros mismos, nuestra escala
de valores que todo lo termina justificando a través de ella, como si
fuera legítimo responder a sus embates, precisamente con más violencia.
Es por esto que es necesario que hagamos un cambio profundo en la forma
de relacionarnos, primero siendo conscientes de esta cadena, para
liberarnos de ella. No es normal el actuar agresivo ni corresponde que
lo validemos y normalicemos, ni en las autoridades ni en nosotros
mismos. No hay lucha que lo justifique, ni causa que lo legitime, no hay
conducta que lo indulte, aunque la justicia no opere o las causas se
archiven.

En
segundo lugar, debemos mirar cuándo comenzamos a normalizar estas
conductas y responder con una Agenda Temprana de Prevención Social, que
se haga cargo del desarrollo de habilidades socioemocionales desde la
primera infancia, en que los niños sean capaces de responder frente a
sus conflictos de una manera sana, empática.

Hoy
hay disponibles programas que refuerzan esos factores protectores como
ICPS (I Can Problem Solve), programa con alta evidencia internacional
destinados a niños de Kínder y Pre kínder; también es importante
fortalecer la crianza con apoyo a padres y cuidadores, hay una amplia
oferta en el país con programas o modelos como PMTO, Familias Unidas,
Comunidades que se Cuidan, Triple P, Terapia Multi Sistémica, Crecer
Jugando y otros, pero que requieren de más cobertura pública, quizás en
el espacio preventivo que debiera levantar la Subsecretaría de
Infancia, a través de las Oficinas Locales.


Por último, es importante que quienes tenemos voz, seamos promotores
responsables de la evidencia y actuemos mirando las causas y no sólo los
efectos, evitando respuestas fáciles, populistas, las que no conducen
sino a mayores niveles de violencia, la que se ancla en el desamparo y
en la desesperanza. Un cambio para avanzar hacia adelante, es el que
requiere de convicción y liderazgo para enfrentar estos desafíos con
visión de largo plazo y compromiso con el desarrollo positivo de la
Niñez.

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