La
icónica película de terror del 2007 es una clásica demostración de los
efectos del miedo en las personas, cuando los refugiados en un
supermercado no saben qué es lo que les acecha en la inmensidad de la
bruma y los lleva a interactuar de manera individual conforme a sus
experiencias, patologías, cultura o posición social. Un buen ejemplo de
la falta de empatía, control de impulsos y afectación que a cada ser le
imponen las tradiciones familiares, los comentarios sin sentido o
paradigmas que no son capaces de cambiar.
Lo
desconocido está en la bruma, moviéndose solapadamente y solo dejan ver
sus sombras difusas para no mostrar sus verdaderas esencias. Los de
adentro no saben, porque no tienen manera de saber si aquello es malo,
perverso, maquiavélico o destructivo, y así es como se van generando el
pavor, el descontrol y el deseo de autodestrucción. De tanto en tanto, y
cuando nadie lo espera, un grito estertóreo, un aullido o un zarpazo en
las paredes imbuyen en las mentes la sensación de la enorme capacidad
de provocar daño a todo aquel que se atreva a salir del lugar. Nadie de
los que salen regresa y se esfuma de las escenas futuras.
El
sistema en el que están inmersos los personajes atrapa, corroe y hace
buscar en las más profundas cavilaciones de uno u otro respuestas o al
menos interpretaciones de aquello que es que lo enfrentan. Afuera, en la
niebla, las supuestas bestias se arremolinan, se topan, agreden y
lesionan compitiendo por la carne encerrada en el edificio y la única
manera de acceder a ella es vulnerando sus creencias, instalando terror y
desequilibrios, aprovechando la tozudez de unos, las rabias, las
esperanzas, la ignorancia irreflexiva de otros y el egoísmo de la
mayoría que no empatiza con los demás, en la búsqueda de un mínimo de
comunión y ejercicio de la adecuada deliberación, organización y
estructura de mando.
La
película descrita es una alegoría sobre el derrumbe moral de las
civilizaciones modernas y particularmente la que han estado mostrando de
manera desesperada una parte de los políticos de Chile, los
subsecretarios y un sinnúmero de sus seguidores que no trepidan en el
suicidio colectivo motivados por el grito histérico de “zurderío”,
olvidando o despreciando lo que es la democracia.
Con
una cantidad impresionante de candidatos a todos los cargos, el ruido
que cada uno provoca para destacarse y superar el medio y atraer unos
cuantos votos, llega a ser ensordecedor.
La búsqueda del error ajeno, la historia familiar, económica y
política, la consecuencia y los acomodos y, por último, el llanto como
última y vergonzosa estrategia, son los actuales empellones a las
vidrieras del lugar en que vivimos tratando de sacarnos de nuestras
zonas de confort.
Los
candidatos presidenciales que van perdiendo espacios están tan
hambrientos como las sombras que se difuminan en la neblina y se vuelven
peligrosos tanto para ellos como para los que los rodean y también a
los que intentan recapacitar sobre lo que les ofrecen. Por su parte, los
que han implementado con eficiencia el concepto del pánico, están
engordando sus barrigas, reluciendo sonrisas socarronas de un triunfo
impensado. A las bestias les interesa acabar pronto y aumentan los
ruidos, las agresiones para profundizar las dudas y llevarlos a sus
trampas. Deben hacerlo rápido porque la niebla no será eterna y pronto
desaparecerá y permitirá a los que sobrevivan ver con claridad el
panorama y ya no les temerán. Será el despertar de las conciencias de un
país y un mundo convulsionado.