Voluntad para dialogar

Hoy,
nos encontramos en medio de una encrucijada de dimensiones extremas, la
que no parece ser del todo comprendida por quienes tienen la
responsabilidad de canalizar los fundados descontentos de la gente.
Buscando aportar una dosis de reflexión al ineludible debate que ayude a
superar esta etapa, la semana pasada, hacía alusión a la pobreza del
lenguaje y su incidencia en el establecimiento de diálogos. Hoy subrayo
la importancia de la voluntad.

Para
dialogar, se requiere de una férrea voluntad. Más que anunciarla con
frases grandilocuentes ante cámaras y micrófonos, ésta debe expresarse
en actos concretos. La voluntad de dialogar excluye la soberbia y obliga
a la humildad. Porque significa penetrar en lo incierto, en la duda, en
la contradicción. Implica alejarse de dogmas, estar dispuesto a ceder, a
transar para avanzar, a reconocer la pertinencia de argumentos ajenos,
aceptando las debilidades de los propios. Entrar en ese riesgoso proceso
de diálogo, es hoy un imperativo nacional para lograr grandes acuerdos,
y la voluntad de unir posiciones es la que confiere legitimidad al
diálogo. Es más; lo legitima como el único método posible de gobernanza,
camino insustituible, sin el cual es imposible reformar nuestra matriz
económica, cultural y social para hacerla más justa y humana.
Probablemente, el reciente proceso constitucional haya sido una lección
que nos agradecerá la historia, ya que los cambios son sólidos y
duraderos, únicamente, cuando resultan de la legitimidad que, en
democracia, solo otorga la adhesión de las grandes mayorías.

Expresar
voluntad de diálogo es comprender, previamente, que somos el uno con el
otro, no el uno contra el otro; que, querámoslo o no, tenemos un pasado
común de mestizaje de todo tipo, y estamos llamados a proyectarnos
juntos, como nación indivisible, hacia el futuro. En su reciente, pero
ya célebre publicación, Homo Sapiens, el historiador Y.N. Harari nos
señala que el salto cualitativo en el desarrollo del ser humano se
produce con la colaboración (del latín “collaborare”; trabajar junto a
otro). El homo sapiens fue capaz de colaborar entre sí para irse
diferenciando del chimpancé. Y lo logró. Es de la unión entre fuerzas
dispares donde nace el progreso de la humanidad; no solo económico, sino
también artístico, cultural, social, civilizacional. Las evidencias
hablan por sí solas y constituyen pruebas irrefutables al respecto. La
imposición forzada de visiones dominantes, no solo es injusta y
esclavizante, sino además ineficiente y, a la luz de tantas experiencias
contemporáneas, dolorosas algunas, fracasadas todas, cabe preguntarse:
¿acaso alguien podría pensar seriamente, que ideologías iluminadas y
minoritarias puedan ser la solución para salir de este impasse que se
vuelve crónico y que está a punto de convertirse en explosivo?

La
voluntad de diálogo es aceptar que las soluciones están en los
compromisos y pactos, y que éstos no son permanentes, sino sujetos a
nuevas contradicciones y a otros, muchos otros diálogos, que buscarán
superarlas con nuevos acuerdos. Dialogar es canalizar visiones y
apaciguar impulsiones, es desprenderse de toda ideología sesgada,
revelada como única verdad científica o religiosa. Su expresión deberá
ser siempre de buena fe, sin trampas ni dobleces, porque al aceptar el
diálogo como método permanente de gobernanza, debemos excluir que sea
una cuestión de orden táctico, tributaria de la correlación de fuerzas
del momento. Muy por el contrario, siendo el diálogo el eje central de
una sociedad humanamente avanzada, su importancia es estratégica e
insustituible.

La
voluntad individual de abrirse a dialogar es una manifestación de la
libertad de conciencia y de apertura intelectual y política. Se trata,
además, de una potente señal de valentía frente amigos, compañeros o
aliados, reticentes a veces a todo compromiso, percibido como traición o
claudicación, y resistido con vehemencia y hasta violencia. Nuestra
historia está repleta de ejemplos de vilipendiados pero valientes
próceres que, por dialogar con adversarios, fueron condenados por sus
pares, pero rehabilitados luego por la historia. Es en ellos, ejemplo
permanente de coraje y raciocinio, que debiéramos inspirarnos más que
nunca en el presente.

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