¿Y la inmunidad de rebaño?

Desde
que se inició la campaña de vacunación por Covid en Chile el Gobierno
puso el objetivo de alcanzar la inmunidad de rebaño cuando se cubriera
el 80% de la población objetivo. Una mirada exitista, cuando las
certezas eran pocas, que generaba una sensación de dejar atrás la
pandemia para retomar la normalidad de nuestras vidas. Algo que la
comunidad científica cuestionaba principalmente porque las vacunas de
emergencia del Covid-19 son una herramienta para disminuir los
contagios, pero no es la solución definitiva, ya que se desconocía mucho
aún sobre sus efectos y beneficios. Con gran parte de la población
vacunada, Chile empezó a observar una drástica caída en el número de
contagios y la presión sobre las camas críticas y hospitales,
incentivando la idea de que se alcanzaría la inmunidad de rebaño. De
esta forma, tras un largo período de duras restricciones, el Gobierno
decidió flexibilizar las medidas. Se abrieron las fronteras, se
aumentaron aforos, se relajó el control y las medidas de contención
prácticamente desaparecieron. Se cesaron contratos de personal en
medidas de control, atención y seguimiento y se asumió que el pase de
movilidad por sí solo era nuestra defensa ante el virus. Por su parte,
la población en general se olvidó de la pandemia, aumentando su
movilidad, asumiendo conductas impropias a la emergencia sanitaria,
relajando las medidas de protección personal, y atendiendo y propagando
los cuestionamientos al proceso de vacunación y a las herramientas de
control y prevención. Lo cierto es que los científicos nunca tuvieron
certeza de que era posible alcanzar la tan añorada inmunidad de rebaño
por varios motivos: (1) las vacunas tenían limitaciones, con variados
porcentajes de protección al desarrollo de la enfermedad, a la
posibilidad de hospitalización o muerte; (2) se sabía que el proceso de
vacunación sería desigual en el planeta, lo cual podría generar nuevos
focos; (3) las vacunas no impiden la trasmisión del virus por parte de
las personas inoculadas que hayan contraído la enfermedad (pero
disminuye la probabilidad); (4) la inmunidad que proporcionan las
vacunas (al igual que la inmunidad de las personas contagiadas) tiene
una duración desconocida, sabiéndose hoy que dura entre 6 y 9 meses; es
decir, si no recibe las dosis de refuerzo es probable que pierda la
inmunidad; (5) la tasa de mutación en los virus es altísima, lo cual
genera la posibilidad de nuevas variantes, más contagiosas y con
propiedades que podrían alterar la efectividad de las vacunas. En estos
días hemos observado el aumento explosivo de nuevos contagios,
llenándonos de incertezas sobre el escenario inmediato. Se habla de
circulación comunitaria del virus, que es una forma elegante de decir
que no puede establecerse el origen del contagio y se hace difícil
seguir la trazabilidad. Hasta ahora la única inmunidad de rebaño a la
cual aspiramos es a la de evitar la ocupación de camas críticas y
fallecimientos. Entonces ¿qué podemos hacer en este escenario? Por el
momento se debe hacer una campaña urgente para incentivar las medidas
preventivas en la población (uso de mascarillas, distanciamiento físico,
lavado de manos y disminución de la movilidad y concentración de
personas). Se debe fomentar concluir el esquema de vacunación e
incentivar la aplicación de la dosis de refuerzo, incluida la cuarta
dosis en tercera edad. El Gobierno debe con urgencia retomar el testeo
rápido masivo y la trazabilidad como medidas de contención. Es el
momento de actuar con urgencia, antes de que el sistema hospitalario
empiece a sufrir los síntomas de colapso y cobre la vida de
compatriotas.

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