En
este momento muchos desde la oposición nos sentimos, la noche del
domingo y hasta hoy, con una sensación de frustración y decepción, pero
por sobre todo de derrota. Porque a partir del estallido social, el
plebiscito y la elección de constituyentes teníamos la sensación de que
Chile, sus instituciones y la ciudadanía avanzaban decididamente hacia
un Nuevo Estado, uno fundamentado en la solidaridad, el bienestar y el
ejercicio del derecho, que nos acercaba a un Estado de Bienestar. Y ese
castillo de naipes se nos derrumbó brutalmente en una sola elección. Y
si hay culpables, somos nosotros mismos. Que los candidatos que, por sus
ideas base, programas y declaraciones, podrían clasificarse como de
centroderecha hayan alcanzado un 53% (Kast, Sichel y Parisi),
considerando el 80% del Apruebo y de la elección de constituyentes, nos
debe remecer y llevarnos a hacer una profunda autocritica. Una oposición
más preocupada de atacarse, diferenciarse y fragmentarse ha sido la
tónica desde el éxito del plebiscito. La radicalización de las ideas, la
lucha por quien es el representante del estallido social y del pueblo
(autoasignada por algunos) nos llevaron a una disputa egoísta y sin
sentido, que dejó espacio para la irrupción de otras opciones más
populistas. La soberbia y la intolerancia se apoderaron de nuestros
diálogos y opciones, idealizando la cruda y asfixiante realidad que
viven la mayoría de los chilenos en su día a día, abriendo espacio para
la confusión, la desesperación y la demagogia. Una oposición tratando de
borrar con desprecio lo avanzado en materia de desarrollo social en los
gobiernos de la Concertación y Nueva Mayoría, pero con una población
que reconoce mayoritariamente que les cambió la vida. Hay que reconocer
que todo este clima nos llevó en campaña a ser poco concretos
con la realidad de las familias chilenas y no resaltamos ni fuimos
claros con las ideas de nuestras propuestas que solucionan con certezas y
estabilidad los problemas actuales de la ciudadanía. El estallido
social no fue ni de izquierda ni de derecha, fue de un centro social que
observa la invisibilización de su clase, mientras el resultado del
éxito económico es beneficioso y otorga privilegios solo a unos pocos.
La disputa electoral en segunda vuelta será por el centro social, ese
grupo de personas de clase media y baja que tienen dificultades para
desarrollarse, que no puede acceder a créditos de ningún tipo y ve a sus
familias atrapadas en un círculo de estancamiento social o de
replicación de pobreza, limitaciones y frustraciones. Un grupo de
personas que tiene prioridades y necesidades individuales, que se
desarrolló en un mundo consumista en base a la tarjeta de crédito y
endeudamiento. Una clase social que se ha comportado desde el 2010 como
una marea que va y viene y vota por quien le hable claro a sus
necesidades de hoy. Así como saldremos a defender con fuerza que no da
lo mismo quién gobierne Chile y por ello trabajaremos con dedicación por
la candidatura de Gabriel Boric, hagamos en paralelo lo mismo por
garantizar el éxito del proceso constituyente, que es sin duda el
principal objetivo de las fuerzas democráticas que pretenden sentar las
bases de un nuevo Chile, uno más justo, equitativo, solidario y diverso.
Llegó el momento de bajarse del árbol y poner los pies sobre la tierra,
y hablarle a un Chile real que no tiene color político. Llegó el
momento de entender que la segunda vuelta es una elección totalmente
distinta y el que logre presentar una propuesta más transversal, posible
y realista, en un Chile seguro y estable será quien gane. Como dice la
canción, “Nunca el hombre está vencido: su derrota es siempre breve, un
estímulo que mueve…“. Venceremos.