En
estos días de la conformación del gabinete que acompañará al Presidente
electo, Gabriel Boric Font, circula una fotografía comparativa del
primer gabinete de Patricio Aylwin y la del día viernes 21: aquella, una
estructura patriarcal, madura, protocolar y formal al extremo, como un
ejemplo de lo que era el concepto político-representativo-ciudadano de
aquellos años, con ausencia de rostros juveniles o de mujeres, como
resabio del disminuido valor que se les daba en sus aportes a la opinión
pública. Quizás lo que se trató de instituir en ese momento fue que los
rostros vedados durante los años de la dictadura estaban vigentes y que
se quería retomar lo que fue interrumpido con el sangriento y doloroso
proceso; quizás lo que motivó a la elección de esos hombres fueron los
deseos reprimidos e irrefrenables de querer aportar a la recuperación de
la vida democrática y nadie del conglomerado político quería quedarse
fuera de esa organización; quizás quiso darse una muestra de que en un
mundo machista son los hombres los que van a la guerra y que ellos
representaban a quienes volvían con sus gloriosos estandartes en el
desfile que se da a los vencedores al paso de los arcos de triunfos que
la ciudadanía eufórica erigió; quizás fue algo de eso o quizás todo eso
junto.
Los
trajes oscuros de estricto protocolo representaban, por otra parte, las
antiguas caricaturas del pasquín “Topaze”, y romper ese esquema
tradicional habría sido demasiado para la feble democracia que seguía
bajo la atenta mirada de quienes recelosamente entregaban del poder. Fue
una imagen de muestra de orden, madurez y capacidad que debía salir al
mundo para recuperar la credibilidad y confianza para lo que vendría.
La
imagen del día viernes fue diametralmente distinta y, a pesar de que se
trató solo del nombramiento del gabinete, fue un paisaje como si se
tratare de un campo de flores bordadas de manera diversa, donde las
corbatas fueron las menos notorias frente a la diversidad de estilos que
lucieron frugal y sin ostentación cada uno de quienes resultaron
nombrados para los distintos cargos. Un abanico de personas, caracteres,
edades, identidades y procedencias, donde cada uno de los ciudadanos de
este país se debe sentir representado, incluso los que despotrican de
todo y por todo. Responde a lo que se reclamó en las calles, a lo que se
espera de esta nueva administración y donde no debía haber acuerdos
para nombres cupulares. Una nueva etapa requiere gente nueva: personas
comunes, comprometidas y, sin lugar a dudas, muy capaces en cada una de
las materias investidas. Desde 1983, cuando en las calles se clamaba por
democracia, había un grito que era una imploración: “Ya van a ver, ya
van a ver, cuando los obreros se tomen el poder”. En una sociedad
suprapatriarcal eso era un deseo imposible, impensado y si se intentare
sería aplastado con la misma violencia que se usó en los numerosos casos
que ocurrieron en el país y que fueron ocultados y olvidados para el
mantenimiento del establishment. No fueron los obreros los que se
tomaron el poder, fueron los estudiantes, aquellos a quienes nadie
quería oír porque estaban en la enseñanza media apenas o daban sus
primeros pasos en las universidades. Inexperiencia, falta de cultura
cívica o conocimientos históricos y no haber padecido los horrores de la
dictadura, eran el principal detracto para no darles espacios de
conversación. Pocos se dieron cuenta que crecieron. El poder estaba en
manos de los mismos de siempre y no importando el color político, nadie
quería perderlo. Hoy está en manos de quienes representan a las bases
del pueblo: madres, padres, abuelos, parejas, y que oyendo el clamor
ciudadano con mucha esperanza tratarán de contribuir a la creación de un
nuevo estilo de sociedad: más empática, más solidaria, más equitativa y
respetuosa de la enorme diversidad de vida que conforma nuestra nación.