La
sociedad chilena se enfrenta el próximo domingo a una de sus elecciones
más importantes de los últimos años. No sólo se elegirá al futuro
ocupante de La Moneda, sino también a la mitad del Senado, la totalidad
de la Cámara de Diputados y todos los consejos regionales de las 16
regiones del país.
Y no es sólo eso.
El
futuro ocupante de La Moneda tendrá que plantearse además cómo abordará
su relación con otro poder acaso igual o más importante todavía y que
no es otro que la Convención Constituyente, la cual trabaja en la
elaboración de la Carta Fundamental. Indudablemente, el futuro ocupante
de La Moneda no sólo deberá dialogar con este organismo sino que,
seguramente, se verá tentado a “guiarla”, “ordenarla”, controlarla
derechamente o, por el contrario, confrontarla. Para ello, tendrá todo
el poder del Ejecutivo que no es menor a fin de influir en la toma de
decisiones que podrían guiar nuestro futuro por décadas.
Pero,
lo preocupante no es la magnitud del paso político que se expresará en
las urnas el próximo domingo, sino más bien el espíritu profundamente
polarizado con que la sociedad chilena afrontará este paso, casi sin
puentes, ni vasos comunicantes entre sus distintas facciones… Una
situación que puede acarrear graves consecuencias si los que salgan
elegidos no actúan con la serenidad y altura de miras que la alta
política exige a sus gobernantes, especialmente, en tiempos difíciles.
Y
ciertamente, los tiempos que ha vivido nuestro país en los últimos dos
años, han sido extremadamente difíciles, primero por el Estallido social
del 18 de octubre de 2019, que trajo destrucción, vandalismo y nuevas
reivindicaciones en todo el país. Luego, por el inicio de la pandemia y
la crisis económica y social que esta originó en el país a contar desde
marzo de 2020.
Pero
aquello, sólo era el colofón de un largo período de fractura al
interior de la sociedad chilena, horadada desde dentro por las falencias
de nuestra “democracia protegida”, como se la llamó. Un fenómeno
causado, primero, por la pavorosa destrucción de la confianza pública
tras los escándalos sexuales y económicos de las iglesias, la
transformación (destrucción, para algunos) de la familia tradicional,
los abusos en servicios básicos, la creciente corrupción e ineficacia
del sector público y colusiones en todo tipo en el sector privado.
Todo
ello fue abriendo una brecha, una grieta dirían los argentinos, en el
tejido social y en el imaginario colectivo de nuestro país.
Lo
paradójico, absurdo, siniestro incluso, es que, a raíz de todas estas
fracturas en el orden social, y en plena época de la información y
redes sociales, la sociedad chilena no puede estar más trizada y
fracturada. Las posiciones que defienden los candidatos con más
posibilidades de ser electos, pocas veces, habían estado tan alejadas.
De un lado se habla de “desestabilizar el sistema”, se defiende a las
dictaduras de Venezuela y Nicaragua (para luego salir el candidato a
reprochar a sus aliados y colaboradores). Mientras, desde el otro lado
se impulsa una zanja para impedir la llegada de los venezolanos que
huyen del pavor de su país y hasta se pide el arresto domiciliario a
violadores a los derechos humanos que han cumplido 85 años y padecen
enfermedades terminales. Mientras, en el supuesto “centro”, se habla
nada menos que de nacionalizar, o sea expropiar, los fondos
previsionales que están en las AFP.
Porque
el problema de fondo, es que conforme pasaron los años, nuestra
democracia se fue olvidando del ciudadano de a pie y se concentró cada
vez más en los intereses de los distintos grupos de presión, desde
gremios a organizaciones sociales.
Como
dijo alguien, “debido a la crueldad del algoritmo que define lo que
conocemos del mundo a través de las redes sociales, nos hemos aislado de
nuestro prójimo. Estamos tan metidos en nuestros asuntos, que poco
sabemos de lo que pasa realmente a nuestro alrededor”. Y entonces, cual
metáfora, se me viene a la mente la muerte de Nelson Schwenke, quien
falleciera atropellado en Providencia, porque cruzó la calle sin ver a
su alrededor, así de concentrado estaba hablando por su celular.
Pero,
el asunto se complica todavía más por el voto voluntario, el cual
premia a las minorías vociferantes y organizadas por sobre las personas
comunes y corrientes, demasiado ocupadas en llevar el pan a su casa y
criar a sus hijos como para incorporarse a una de estas organizaciones,
en otras palabras, “la mayoría silenciosa” de la que tanto hablaba
Ronald Reagan.
Los
candidatos, en cambio, le hablan tan sólo a sus votantes, sus
organizaciones, su clientela, finalmente, en lugar de moderar su actuar
en la búsqueda del bien común. En consecuencia, cada vez más, la clase
política ha sido guiada no por ideales sino por la frenética búsqueda de
likes, “me gusta” e “interacciones”, como les gusta decir a los
community manager, es decir, los expertos en redes sociales, antes que
los ejes programáticos, valores y principios fundacionales. Vemos así
propuestas cada vez más fanáticas e irreales, incluso descabelladas,
como una candidata a diputada que propone prohibir el despido en las
empresas.
Los
vasos comunicantes, la capacidad de tender puentes con los demás
partidos y construir consensos, capacidades tan valoradas tras la vuelta
de la democracia y durante los años de la Concertación, casi han
desaparecido del lenguaje político, más preocupado de mostrarse
inclusivo (con su multitud de os/as y @) que generoso en la búsqueda de
soluciones quizá no perfectas, ni políticamente correctas, pero al menos
viables y efectivas para mejorar la calidad de vida de las personas.
Y
ya que hablamos del pasado, recuerdo ese rústico y nada tecnologizado
Chile de mediados del siglo 20, con enormes teléfonos negros sin teclado
disponibles sólo para algunas familias acomodadas las cuales debían
inscribirse para conseguir el bendito aparato y donde para llamar había
que dictar el número a una operadora. Una época donde eran famosos los
clubes radicales esparcidos a lo largo de todo Chile, restaurantes donde
los políticos de todo nivel, desde parlamentarios a regidores, se
reunían en patota después de las acaloradas sesiones del Congreso o de
sus partidos, para juntarse a comer un asado con vino tinto o bien, muy a
menudo, en alguna casa de dudosa reputación hasta altas horas de la
noche, donde, finalmente, se encontraban los acuerdos que no se podían
hallar en los elegantes salones del Congreso Nacional.
Pero
eso quedó en la noche de los tiempos, porque francamente me cuesta
imaginarme una reunión de nuestros candidatos conversando, aunque sea en
un asado, para encontrar algún acuerdo por el bien de Chile, el bien de
todos nosotros.
Dios quiera que ojalá me equivoque.