Si muchos nos sentimos desencantados por la política es porque ha sido protagonista de numerosos casos de corrupción.
Y esto no es nuevo. Tiene larga data. La corrupción fue una de las causas más importantes de la caída de los gobiernos radicales en la década de 1950 y del ascenso de la popularidad de Carlos Ibáñez del Campo, el cual a la postre saldría electo Presidente bajo el lema “a barrer con la corrupción”. Asimismo, es sabido que durante el régimen militar de Augusto Pinochet muchas empresas públicas fueron privatizadas en grises procesos de remate. Y en las últimas dos décadas en Chile, desde el surgimiento del caso MOP-GATE durante el gobierno de Ricardo Lagos, sucesivos escándalos con resonancia mediática han puesto en tela de juicio la idea de tradición de probidad pública que el país se jactaba de tener y que supuestamente lo diferenciaba de sus vecinos.
El involucramiento en la corrupción ha sido transversal a los distintos sectores políticos y eso ya nos tiene aburridos.
Y en Magallanes no hemos estado exentos a numerosos escándalos que han terminado por judicializar procesos de licitación o con querellas contra altas autoridades.
Eso, quienes habitamos en la zona más austral del país, no lo queremos más. No queremos abusos de poder. No queremos llamadas amenazantes, ni menos rayados de automóviles, porque eso ha pasado en Punta Arenas.
La corrupción es el acto de aprovecharse del poder que se deriva de la posesión de un cargo público para obtener beneficios personales de forma irregular. Dada esta definición, es posible nombrar tres factores que facilitarían su aparición: (i) el funcionario público en cuestión tiene autoridad suficiente como para administrar regulaciones o políticas de forma discrecional; (ii) dicho poder discrecional le permite extraer rentas existentes o crear rentas que puedan ser extraídas y; (iii) los incentivos incorporados en el marco institucional existente están dispuestos de un modo tal que el funcionario público ve conveniente explotar su poder discrecional para extraer o crear rentas (Extraído de Economic analysis of corruption: a survey Aidt, 2003).
En la corrupción actúan operadores políticos, con nombres y apellidos y usted los conoce, los ha visto alguna vez. Son los que se juntan a arreglar el mundo en un céntrico café prometiendo cosas que finalmente les sirven sólo a ellos.
Por eso es fundamental que se sigan transparentando las cosas. Que usted sepa en qué se está invirtiendo el dinero que sale de su propio bolsillo y que no haya desvíos de los mismos.
La corrupción y la política han ido de la mano, pero la gente se dio cuenta. Y está castigando a quienes actúan de mala forma.
No puede seguir ocurriendo, porque ya se han aprovechado mucho. Por eso a nuestras autoridades les debemos exigir que todos los procesos sean claros y transparentes. Ya abusaron demasiado. Por eso es importante no equivocarse a la hora de emitir el voto del 19 de noviembre, porque esos mismos quieren seguir aprovechándose de usted, de mí y de todos.