Columna | Llorar miserias

Cosa vana llorar miserias, eso no es administrar, tampoco  lanzar epítetos al viento. La disminuida educación municipal no está sólo en harapos en lo económico sino que en el plano de las ideas, está fuera de control, sin misión ni visión.   En medio de este desvarío y falta de ejercicio de la autoridad pública raspar la olla no resuelve nada, sólo evidencia la impotencia de una administración fallida, tanto de los que se fueron como de quienes no asumen el presente con medidas eficaces.   La elaboración de un Plan Anual de Educación Municipal, estricto, sin consideraciones de coyuntura ni contemplaciones con los grupos de presión, es lo único que puede equilibrar el presupuesto, asegurar al menos decoro para una institución que no puede vivir del voto antojadizo de concejales con ambiciones políticas, ni desarrollarse en medio de la extorsión permanente de las movilizaciones gremiales. La estabilidad organizacional y financiera a través de la adecuación estricta entra la oferta y la demanda educativa, resulta indispensable para poder siquiera poder hablar de calidad en la educación.

La falsa retórica acerca de la educación como derecho fundamental es lo único gratis, cosa distinta es aproximarse a fines de año en que serán los jóvenes magallánicos los que morderán la rabia al no poder ingresar a universidades de prestigio o ver realizados sus sueños en otros ámbitos, porque no tuvieron una buena educación, para ellos difícilmente habrá una segunda oportunidad. 

La reforma fracasó, ralentizada, a medias, sucumbirá inexorablemente ante la presión social por resultados ahora. Imperó el dogma, la prohibición del lucro, no el apoyo a lo público. El sector privado, se impondrá  por su capacidad de ajuste permanente, su flexibilidad y su capacidad de gestión o de hacer muchas cosas, demostrará resultados, sin salvavidas de M$ 1.500. El sector público requiere liderazgo no hacer muchas cosas pero hacerlas bien. No es sólo diferencia en el denominado capital social de las familias chilenas, en un país que cada día se descapitaliza un poco, sino capacidad de gestión y de liderazgo lo que marca las diferencias. La  calidad de la educación es un producto que se origina en la institución, en su capacidad de organización,  en códigos que terminan por formar un determinado espíritu de cuerpo e identidad institucional que luego permiten la formación del carácter en cada uno de los alumnos, ciertamente  una institución en caos, que vive en rencillas judiciales, brazos caídos, denuncias por maltrato al personal, incumplimientos en su obligaciones laborales básicas, no tiene la capacidad de educar y todos los esfuerzos en el aula son estériles, se pierden en medio del caos y el descrédito institucional, así no se educa, sino que se fomenta el desvarío y la desintegración de la personalidad adolescente.

En este contexto, ciertamente la educación pública no tiene destino, cualquiera sea el sostenedor, el problema es la actitud, el triste testimonio de ineptitud y falta de autoridad.  Nada permite presumir que los servicios locales serán una solución, sólo cambio de empleador, después de todo la educación puede ser gratis pero no de calidad.

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