Mario
Vargas Llosa instaló la idea de derecha cavernaria en su última visita a
Chile. El apelativo ha sido un festín para algunos y un nuevo cliché
retórico en debates y columnas. Días atrás, otros trogloditas hacían
muestra de su supuesta sofisticación progresista haciendo apología a
Ernesto Che Guevara. La diputada Camila Vallejo, por ejemplo, escribió
una oda donde dice que «su virtud escapa a los comunes». Paradojalmente,
la legisladora que tanto gusta hablar de derechos, evita mencionar los
juicios sumarios que el ídolo revolucionario, “la fría máquina de
matar”, llevaba a cabo en las cárceles cubanas saltándose cualquier
debido proceso.
La
condescendencia cavernaria de la diputada comunista, con respecto de la
violencia revolucionaria del Che Guevara, refleja lo que George Orwell
decía con respecto a la izquierda británica de su época: «Para esa
gente, cosas tales como las purgas, la policía secreta, las ejecuciones
sumarias, las detenciones sin juicio, etc., son demasiado remotas para
ser aterradoras. Se pueden tragar el totalitarismo, ya que no tienen
ninguna experiencia de nada, excepto de liberalismo». Así, Camila
disfruta del capitalismo y su posición privilegiada como diputada
mientras habla pestes del sistema y levanta altares para los apóstoles
del terror revolucionario. Ella no piensa en la sangre derramada que las
botas de su ídolo pisaban sin inmutarse, sobre todo después de cada
ejecución sumaria en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña.
Ejecuciones de las cuales alardeaba públicamente Guevara, cual psicópata
se jacta de su sadismo imperturbable. Lo hizo en la ONU en 1964 y en su
Mensaje a la Tricontinental en 1967. Y ahí está la justificación
mitológica de siempre: el imperialismo. Así, como en tiempos de las
cavernas, la presencia del demonio justifica entonces el sacrificio
humano por parte de la tribu, para “fusilar y seguir fusilando si es
necesario”.
Esa
misma mitología parece alimentar la verborrea de Eduardo Artes, uno de
esos personajes de comedia que aparecen cada tanto en los períodos
electorales chilenos, quien no descarto la violencia política pues: “no
está determinada por la voluntad nuestra (…) no es que se justifique, es
una consecuencia de, no es mi voluntad”. ¿Marxismo científico? Nada de
eso, sino animismo puro y duro, porque el marxismo nunca ha sido
científico. Peor aún, este auge del fetichismo por la violencia política
y la lógica del sacrificio humano están acompañados de un claro
voluntarismo intransigente, desde el cual se presume tener una especie
de verdad revelada que es indiscutible. Ahí está la herencia jacobina y
luego bolchevique que gran parte de la izquierda “moderna”, esa que
habla de socialismo del siglo XXI, replica como buena nueva, cual fieles
de iglesia milenarista. Ahí están también la mezcla pachamámica
socialista de Evo Morales, donde la naturaleza estaría de su lado y la
santería chavista en torno a un Chávez convertido en pájaro, sentado a
la derecha de dios padre todopoderoso.
Esa
misma izquierda es la que cree que, a pesar de los reiterados fracasos,
el socialismo es posible. Porque la culpa del fracaso y la brutalidad,
según ellos, es de una conspiración contra la justicia, la igualdad y la
libertad que el socialismo pretende. Esa misma izquierda es la que cree
poder regular la vida social al mismo tiempo que se niegan a hablar de
economía, como lo hizo Beatriz Sánchez en una entrevista. Esa es nuestra
izquierda cavernaria.