Acción sin respiros por enésima vez

 La experiencia única ante el objeto admirado se perdía así en un mundo post revolución industrial, en el que la serialización es la base sostenedora de la sociedad.

El cine, como parte del arte y la creación, no ha quedado fuera de esta premisa. Hollywood, a través de sus seis grandes estudios (Disney, Sony-Columbia, Universal, Warner Bros, Paramount y 20th Century Fox) maneja en la actualidad el mundo del entretenimiento a nivel mundial, siendo las ganancias las que determinan el valor y la viabilidad de una película.

De hecho, para llevar a cabo un producto fílmico, las productoras realizan un estudio de mercado, en el que se proponen averiguar el público objetivo y, de ser necesario, la posibilidad de algún cambio argumentativo dentro del guión.

La creación cinematográfica supeditada al mercado transaccional de bienes de consumo.

El Pasajero, película protagonizada por el norirlandés Liam Neeson, cabe en esta lógica serial.

Poco importa la trama en la que se intente sumergir al espectador, menos la credibilidad de los sucesos que se escenifican.

La razón de ser de este tipo de películas es la acción, los estímulos rápidos que satisfagan ojos en busca de una adrenalina proyectada.

Las inconsistencias del guión son parte identitaria de este tipo de film.

La posibilidad de que un grupo de pasajeros que viaja constantemente en un tren cree un tipo de comunidad dentro de los vagones, es tan poco creíble como que tan sólo sea una minoría de personas las que estén pegadas en el celular a la hora de subirse a la locomoción colectiva.

El ejercicio de ojos no para. Liam Neeson golpea, es maltratado, investiga, conspira, dispara y vuelve a golpear. Todo se da como en un torbellino infinito, en el que no tenemos respiro y sólo atinamos a pegar bocanadas de oxígeno entre cada una de las escenas, sin terminar de procesarlas, antes de la siguiente.

¿Reflexiones? Pocas o nada. Un par de críticas a la economía voraz y la fragilidad laboral, que son una gota de contenido en un mar de movimiento.

Tal como el zapping desenfrenado con el que algunos enfrentan los fines de semana en la tarde, la película no cesa y así, se hace olvidable.

Y al final, quizás, en una jornada dominical nos pillemos con este tren abordado por Liam Neeson y sigamos pasando de canal. Con una vez vista, ya basta.

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