Tierra del Fuego: el castillo del pingüino Rey

Con el correr de los días en la zona de Magallanes, hemos
dejado muchos destinos atrás; parques nacionales, playas, pueblos, todo a
nuestro paso fue distinto y significativo. Sin embargo, el viaje aún no había
llegado a su fin, todavía falta uno de los puntos más importantes del trayecto:
la isla grande de Tierra del Fuego. Si bien este punto geográfico se defendió
de los temporales a lo largo de los siglos, durante la semana previa a mi
llegada primaron las nevadas, fuertes vientos y lluvias que azotaron a sus
poblaciones y caminos.

Una vez a bordo del ferry que nos llevará a la isla, el Faro
de Punta Delgada nos cuida la espalda y cada vez se va haciendo más pequeño en
el horizonte. El amanecer nos recibe con tonalidades anaranjadas que devienen
rojos sobre los oscuros nubarrones que dan la bienvenida a nuestro nuevo
destino. Mientras observo la magia del cielo, el frío que cala mis huesos me
lleva a pensar en el hecho que dio nombre a esta gran porción de tierra firme.
Las grandes fogatas encendidas por los primeros pobladores de la zona para
darse calor llamaban poderosamente la atención de los exploradores que
navegaban cerca de las costas. Así fue que bautizaron Tierra del Fuego a esta
gran isla.

Ya en el puerto, un auto me espera para conducirme hacia la
estancia simple pero confortable en la que descansaré durante mi estadía. Con
sólo cruzar el pórtico de entrada, la construcción invita a un viaje hacia el
siglo pasado: está decorada con fotos familiares enmarcadas años atrás y
adornos vintage que serían el objeto de deseo de cualquier coleccionista de
antigüedades. En este contexto, recobro energía junto a una gran taza de café y
pan casero tostado, todo lo que se necesita para empezar bien el día. Mientras
Alejandro, el dueño de la estancia, alimenta con leños la salamandra, comienza
a narrar la historia del lugar: “Los pingüinos anidan en un sitio específico de
nuestro campo al que nunca íbamos, así que los descubrimos de casualidad, allí
donde el mar arrecia y el viento sopla salvajemente”.

¿Qué mejor que verlo con mis propios ojos, si para eso he
llegado aquí? Subo al auto y a los pocos minutos estoy frente a ellos: cientos
de pingüinos Rey, la segunda especie de pingüinos de mayor en tamaño existente.
La emoción es doble, ya que me encuentro en el corazón de la única colonia
establecida a nivel continental y tal vez del mundo.

Sus movimientos no dejan de sorprenderme; principalmente los
que efectúan los adultos cuando caminan con un andar elegante, similar al de
los caballeros parisinos de la alta sociedad francesa del siglo XIX. Estas aves
marinas exhiben sus típicas plumas de color negro y blanco que repelen el agua,
y presentan un llamativo detalle de color amarillento detrás de sus mejillas.
Por su parte, los más jóvenes están recubiertos de plumas marrones que si bien
no son impermeables, les sirven de abrigo frente a las temperaturas extremas de
la isla. A la mañana, mientras sus padres están pescando su alimento, los
pequeños se mantienen juntos para compartir y mantener su calor corporal.

La escena de un juvenil introduciendo su pico en la boca de
su padre para alimentarse, con el ruido de las olas y el viento de fondo, me
recuerda a otro lugar que visité: las Islas Malvinas. Ese viaje siempre será
muy importante, ya que fue el destino de una de mis primeras travesías como
fotógrafo. Mis recuerdos de aquellos días, al igual que los que hoy atesoro de
la zona de Magallanes, son de alegría y principalmente de gratitud a la vida, a
la naturaleza y a la fascinante vida silvestre.

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