De Rerum materiam

De
las cosas materiales (de rerum materiam), se han escrito ríos y océanos
de tinta. Se ha escuchado también decir a tantas personas, y a un
sector político “a la izquierda del dial”, que los bienes materiales se
recuperan si es que se destruyen o corrompen, que no son importantes;
que el dinero va y viene y que debemos preocuparnos de lograr nobles
objetivos, y que por ello, atentar contra bienes públicos y privados
justifican plenamente el ideal de una sociedad más justa. Luego, a
partir de los luctuosos hechos de octubre del año pasado, a todo
atentado en contra de las cosas materiales se le daba una connotación
épica, hazañosa, sin importar si se dejaba a tantas personas sin su
fuente laboral, porque total, las cosas materiales se recuperan,
argumentan, e incluso frente al ideal de una sociedad de iguales, una
empresa, un trabajo, un vehículo, plazas y calles públicas son
exactamente nada ante esas aspiraciones revolucionarias.

Pareciera
que los responsables directos y sus cómplices pasivos, añorasen una
vida pastoril, bucólica, contemplativa, alejada de los bienes materiales
que guste o no, facilitan de la vida de las personas. Sin embargo, la
paradoja es que en nombre de tanta destrucción, de tanta explicación
para esa misma destrucción, las reivindicaciones apuntan a obtener
mejores condiciones materiales, no una vida espiritual; no una
existencia alejada de las comodidades de la vida moderna; ni un pasar
campestre o idílico. Desean tener acceso a más bienes materiales, un
vehículo o un mejor vehículo; ropas de telas más finas; estudios para
dar salto y dejar atrás la pobreza económica que detestan y temen.

Una
de las consecuencias del virus global, es que nos ha enrostrado lo tan
necesario que es contar con un lugar de trabajo con el cual podamos
alimentar a nuestra familia; una casa donde criar a los hijos; tener
cosas materiales que nos facilita el día a día. Nos ha hecho pensar en
lo importante y esencial que son nuestros seres queridos, como también
que el esfuerzo de tanto tiempo puede ser borrado abruptamente y
retroceder a aquellos años donde comenzamos a construir nuestra
historia. El virus también ha infectado nuestra seguridad económica, la
que desde octubre del año pasado se desdeñaba porque pensar en el lucro,
en el dinero y en la materialidad, sería algo propio de capitalistas
desalmados y de un sector “a la derecha del dial”, al que sólo le
interesaría el capital.

Ciertamente
la esencia de la vida no son bienes corpóreos que hemos ido adquiriendo
en años de labor, pero es innegable que gracias a ellos nuestra
cotidianidad ha sido o un poco más dulce, o algo menos amarga. No son
las cosas materiales las que nos harán feliz, pero ellas nos permiten un
mínimo con el cual hacer llevadera la existencia, y elevar nuestro
espíritu para que el hambre, la inseguridad o la falta de algún lugar
donde guarecernos, no nos apremien y nos avoque sólo a la subsistencia
física.

 La
vida buena está en el fiel de esa balanza que nos alimenta tanto física
como espiritualmente. Por eso debemos evitar que en nombre de una
supuesta mejora en la calidad de nuestras vidas, lastren con nuestros
bienes, sean públicos o privados, invitándonos a un paraíso en la tierra
que no existe, y que si existiera, sólo unos pocos serían elegidos, a
pesar de los muchos que serían llamados a habitarlo.

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