Después
de muchos años, por fin esta semana el Congreso despachó, por
unanimidad del Senado y la Cámara de Diputados, la Ley Nacional del
Cáncer. Muchas veces en esta misma tribuna manifesté la necesidad de que
nuestro país contara con una institucionalidad que hiciera frente a la
que ya es la primera causa de muerte en varias regiones y que, en poco
tiempo más, lo será a nivel nacional.
Llegar
a este punto no ha sido fácil. Desde que partimos con esta idea por
allá por el año 2012 junto al doctor Jorge Jiménez de la Jara, hemos
debido sortear innumerables obstáculos, pero en el proceso fuimos
sumando voluntades y se fue conformando un grupo humano lleno de
personas maravillosas, valientes y comprometidas con esta causa, con
quienes hemos compartido penas y alegrías, además de muchas jornadas de
intenso trabajo.
En
estos años hemos hecho innumerables reuniones, talleres, seminarios y
una serie de intervenciones ciudadanas, siendo la más importante de
todas la masiva marcha que hicimos en noviembre de 2018 en el Parque
Forestal de Santiago, a la que se sumaron diversas actividades a lo
largo de todo Chile. En esa oportunidad nos acompañó el querido y
recordado doctor Claudio Mora, quien nos motivó a realizar esa actividad
convencido de que había que poner el tema en el debate nacional como
una urgencia. Su recuerdo ha estado muy presente en estos días.
Más
allá de la necesidad sanitaria de contar con una institucionalidad
pública que no dependiera de la voluntad o las convicciones del gobierno
de turno, creo firmemente que la Ley Nacional del Cáncer también es una
muestra real y palpable de lo
que se puede lograr cuando se aúnan voluntades, se soslayan las
diferencias y se pone por delante el bien común por sobre intereses
particulares. Dicho de otra manera, este es un ejemplo virtuoso de lo
que yo considero es la buena política.
No
hay duda de que estamos viviendo tiempos tumultuosos donde el debate
público está contaminado por el ataque, la descalificación del otro y,
peor aún, la funa a quien piensa distinto. Poco a poco hemos ido
renunciando al debate de ideas y al diálogo como forma de entendimiento,
que es el único camino posible para llegar a acuerdos que, para muchos,
son una muestra de debilidad o de renuncia a determinadas posturas. Si
no hubiéramos tenido una actitud dialogante y colaborativa para llevar
adelante esta causa ciudadana, seguramente hoy no estaríamos celebrando
su concreción.
Parte
de la buena política es hablar con la verdad y no crear falsas
expectativas en la gente. Quienes hemos trabajado esta ley, sobre todo
las agrupaciones de pacientes, estamos conscientes de que no se
resolverán todos los problemas de manera inmediata, pero sin duda sienta
las bases de una política pública que llega para quedarse y de la que
estoy segura nos sentiremos muy orgullosos como país.
Pocas
veces la vida nos da la oportunidad de materializar los sueños que
tenemos y en política aún menos. Pero hoy puedo decir con enorme
satisfacción que con la Ley Nacional del Cáncer se cierra un ciclo que
se corona de la mejor manera. En momentos en que la política y quienes
somos parte de ella estamos tan cuestionados, el haber sacado adelante este proyecto justifica todos los momentos amargos que he debido enfrentar y puedo decir con mucho orgullo misión cumplida.