La credibilidad es el
capital político más importante que tiene un gobernante, cuando este se
quebranta, se puede caer en un escenario preocupante, podrá seguir
haciendo uso del poder y de la fuerza de acuerdo a la Constitución, pero
sus mensajes no tendrán eco en la ciudadanía, porque habrá disminuido
ese capital simbólico y abstracto que se denomina legitimidad. “Falacia
verecundiam”, se decía en Grecia
Antigua, cuando se estimaba que algo era verdadero solo por el hecho,
de haber sido expresado por una autoridad, pese que no era cierto. Como
afirmaba Cicerón “ipse dixit”, a quienes aceptaban “incluso sin
razón”, solo porque el maestro lo había dicho.
Según
investigaciones serias los datos que entregan los diferentes países son
discutibles y poco confiables, más aún sabemos que estas cifras
públicamente conocidas en Chile son menores a las que
nuestro país comunica bajo reserva a la OMS. Entregar información
errada, y esperar que los ciudadanos no se porten como adolescentes
irresponsables, haciendo caso
omiso a los cuidados anti contagios y cuarentenas, es por decir lo
menos incongruente, peligroso e inadecuado para hacer frente a los
delicados momentos que vivimos y que posiblemente nos esperan.
Tanta
danza de estadísticas, difícil de entender, cuentas más cifras menos,
hoy tenemos 5.000 chilenos menos a causa de esta pandemia. Lo triste es
que al parecer había dos cifras, una para nosotros y otra más genuina
para la OMS. No se puede actuar en momentos como estos con motivaciones
especulativas y marketing político, buscando el aprecio fácil a través
de encuestas muchas de dudosa metodología y reputación, que cada cierto
tiempo indican un aumento en la tan ansiada y dulce aceptación.
La
verdad es que la aceptación poco interesa en estos momentos, lo que si
importa es que las autoridades por el mandato que han recibido, actúen
acorde a la realidad y moral que el momento amerita, de lo contrario
tendremos que seguir lamentando la partida de muchas personas, que ni
siquiera podrán ser despedidas por sus parientes y amigos.
Obviamente,
que estamos a distancia de un Brasil, gobernado por la vergonzosa
figura y actuación de un populista de marca mayor como Bolsonaro, que
está sumergiendo a su país en la desesperación y en la vergüenza
internacional. Un presidente que se quita la mascarilla en público para
comer hot dog, entre otras peligrosas ridiculeces, que han sido
denunciadas por prestigiosas figuras como la periodista y editora de
la revista Tópicos, Bienaca Donatangelo, en Deutsche Welle, quien
apesadumbrada, expreso: “En ciertos círculos me siento avergonzada
cuando digo que soy de Brasil. Nunca antes me sentí así”. Pero mirando
en la perspectiva siempre hay que recordar en este caso particular, que
Bolsonaro no es Brasil, ni tampoco será eterno, dado que los gobernantes
pasan y los pueblos quedan.
En
el caso nuestro, la preocupación moral mayor es que las autoridades no
cometan errores que tengan que ser tapados con tierra sobre las
personas, o que la desesperanza y el hambre sea la maldición que reine
en los hogares de un Chile, en el cual se han perdido casi dos
millones y medio de empleos, con la consiguiente angustia de personas
que han dejado de recibir un sueldo para sustentar a sus familias,
mientras se suceden anuncios de medidas millonarias, que nunca llegan a
los ciudadanos.
Todos
deseamos que el gobierno actúe a la altura de los acontecimientos, no
pensando tanto en como lo recordará la historia, ni volando como
golondrinas a ras de suelo, menos con instructivos repartidores de
cajas, que juegan con la dignidad de las personas para entregar ayuda
alimentaria a quienes la necesitan. La historia y las generaciones
futuras, serán duras para juzgar estos hechos. Como dijimos semanas
atrás,- la caridad no es jactanciosa.
Solo nos queda la esperanza, que las autoridades se encausen adecuada y oportunamente para hacer frente a esta crisis humanitaria inédita en la historia de nuestro país.