“Afortunadamente Punta Arenas no sabe, y espero nunca sepa, el desastre que es una guerra”

“Las guerras son terribles y yo
supe lo que fue la Segunda Guerra Mundial, porque mi primer diente lo clavé en
el hombro de mi padre debido al terror que en un niño provoca la alarma de
bombardeo de su ciudad y escuchar el sonido de las explosiones”.

Es que Rudi Mijac Kusanovic era
un bebé cuando Europa era estremecida por la Segunda Guerra Mundial y él había
nacido el 27 de octubre de 1941, en Split, apenas seis meses después de que se
iniciara el feroz conflicto bélico.

“Desde los pueblos vecinos nos
avisaban por teléfono o por radio que hacia el nuestro volaban los bombarderos
y había que ir rápidamente a los refugios y esperar, pero era terrible escuchar
las explosiones, tener miedo de que una de esas bombas cayera en nuestro
refugio directamente y, después, ver todo el daños que esas bombas habían
provocado”, recordó el cónsul de Croacia en Punta Arenas.

Pero la historia familia de Rudi
Mijac partió muchos antes y se desarrolló en las primeras décadas del siglo
pasado, cuando su madre, Lucía y su hermana menor, Zorka, desafiaron al abuelo
y debieron dejar Punta Arenas, donde la primera de ellas había asumido un
compromiso rechazado por su padre: toda una historia de amor contrariado que
implicó un viaje hasta la tierra hoy croata, pasando por Río Gallegos y Buenos
Aires.

Allá en Split, los años y la
distancia curaron las heridas de ese amor no aceptado por la familia, y Lucía
conoció al padre de Rudi, se casaron y fueron felices hasta que estalló la
guerra, se desarrolló el conflicto bélico y se inició otra vida.

“Queríamos llegar a Italia y
fuimos de isla en isla, hasta que llegamos a una que era pequeña, que tenía
unos 3 mil habitantes, pero, casi de la noche a la mañana, llegamos más de 30
mil refugiados, sin comida, sin agua y sin atención médica. Y vigilados por
partisanos del Mariscal Tito, cuyas órdenes eran hacernos regresar a nuestros
pueblos contra nuestra voluntad. Pero un alto oficial estadounidense hizo
gestiones al más alto nivel de entonces y decidieron que teníamos que irnos a
un lugar llamado El – Shatt, “orilla de playa”, en árabe según me lo dijo
Dianita Abu Gosch, pero que estaba en las arenas del Sinaí, con mucho calor de
día y frío de noche. Era una ciudad de carpas, porque fue utilizado por los
soldados del mariscal Montgomery, el que luchó con Rommel”, recordó Rudi Mijac.

Pero una revisión médica lo salvó
a él y a su familia de partir hacia El – Shatt y, finalmente, lograron llegar a
un lugar seguro, desde el cual Rudi, aún un niño, pudo embarcarse con destino a
Buenos Aires y, desde allí, llegar a Punta Arenas, el 21 de febrero de 1957.

“Al año siguiente, ingresé al
Liceo San José y era tan raro para mí, que nunca había tenido sacerdotes como
profesores, cambiar hasta mi manera de dirigirme a ellos porque en la
Yugoeslavia de entonces, las cosas eran muy distintas”, recordó Mijac.

Y afloran los apellidos italianos
como Passone, Alonso, Muñoz y tantos otros maestros que forjaron muchas
generaciones de magallánicos y entre cuyos compañeros, Rudi Mijac recuerda, con
mucho afecto, entre muchos otros, a Gazi Jalil, Eduardo Menéndez, Sergio
Lausic, Gerardo Perich y Hernán Altamirano.

Croacia en Magallanes

“Hacía como treinta años que no
había cónsul de mi país en Punta Arenas y el último que había tenido el cargo
era don Pedro Marangunic, pero en noviembre del año 1994, lo asumí yo y aquí
estoy, contento de servir a los que solicitan atención del Consulado, ad  honorem, y muy tranquilo y muy feliz, porque
Punta Arenas es una ciudad tranquila, que, afortunadamente, no sabe y espero
que nunca sepa, el desastre que es una guerra”, reiteró Rudi Mijac.

Y dice que ha visto crecer la
ciudad, que recuerda que la hoy Avenida Bulnes era llamada Avenida de La Pampa.
Que Bahía Catalina la conformaban un par de casuchas y construcciones menores
para la radio y para la llegada de los aviones de entonces. Que el Río de las
Minas lo ha visto salirse del cauce en más de una oportunidad. Que un día,
haciendo un trámite en la entonces calle Valdivia, hoy José Menéndez, a la
altura del 666, al salir, debió abrirle la puerta a dos personajes: uno era el
intendente Cecil Rassmusen y el otro, ni más ni menos que el Presidente de la
República, el general Carlos Ibáñez del Campo.

Y sigue en su residencia de calle
Quillota, al llegar a Mejicana, una casa de arquitectura tradicional, llena de
luz, con amplias ventanas, un patio limpio y ordenado, junto a su esposa,
Janett y una mascota rescatada de la calle.

Y el recuerdo de su familia y el
orgullo de tener a Rudolf, un arquitecto de 50 años, residente en Santiago, y
Nelson, médico radiólogo que ejerce en Punta Arenas.

Y ellos, con su cinco hijos, a
Rudi y Janett, le han dado el toque ideal para que los abuelos disfruten de sus
años dorados, no sólo con tranquilidad, y la paz de esta ciudad austral, sino
que, además, con la alegría, el cariño y la ternura de esos hermosos e
inteligentes nietos.

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