Para muchas personas, los terrenos que se ubican al final de la calle José Nogueira, entre Paraguaya y Bellavista, es donde crecen trabajosamente numerosos y añosos pinos.
Es poco sabido que ese terreno cobijó por largos años al segundo cementerio de Punta Arenas y que su denominación original, en algún momento, pasó de Lautaro a Santos Mardones.
La historia del segundo camposanto de la ciudad, escrita por Francisco Cekalovic, con lazos familiares en nuestra región, mientras residía en Concepción, cuenta un episodio casi desconocido.
Durante el año 1914 el experto navegante Antonio Ríspoli, más conocido como “Pascualini”, llegó en su muy marinera goleta hasta la isla Diego de Almagro, llamada también isla Cambridge y dio cuenta de la existencia de gran cantidad de mármol, de características parecidas al de Carrara, un parecido no menor.
Dos años después, hubo otra travesía, en la cual, entre otros, participó Giusseppe Carozzi, un italiano experto en mármoles, que certificó la calidad del mármol de nuestra región.
Hubo otros hechos y otras travesías protagonizadas por Pascualini, hasta que, en mayo de 1928, al regreso de otra expedición, Antonio Ríspoli y sus compañeros de aventura depositaron en el centro del cementerio, un trozo de mármol de la isla Diego de Almagro y regalaron al Museo de los Salesianos una olla encontrada en la lejana isla, utensilio que, tal vez, perteneció a algún náufrago o que fue olvidado por otros desconocidos aventureros que buscaban algo de oro en la lejana isla o formaban parte de alguna partida de loberos.
Ya el cementerio Lautaro había cambiado su nombre original por el de Santos Mardones, luego que en 1894 se abrieran las puertas del Cementerio Municipal de Punta Arenas.
Con el tiempo, se retiraron algunos cuerpos, desaparecieron los cercos del camposanto y de las tumbas y un manto de leyendas, algunas tenebrosas, que hablan de apariciones y fantasmas, se fue apoderando del lugar que hoy muestra un rostro amable de día, pero no tanto de noche.
El mármol original fue reemplazado, al parecer, por una roca y un soporte de ladrillos y a simple vista sólo se aprecian los restos de botellas de bebidas alcohólicas quebradas, basura y los daños en a lo menos dos de los pinos, causados por sendos incendios intencionales.
Los estudiantes utilizan una especie de mirador que se encuentra en medio del follaje de los pinos; los muros de la parte sur permiten la expresión de los grafiteros de siempre y, por la noche, grupos de borrachos utilizan el terreno del segundo cementerio (el primero se estima que estaba en lo que hoy es el sector de Las Heras y Miraflores, a orillas de un arroyuelo que desapareció a manos del urbanismo) para divertirse y “compartir” con sus amigos.
Al parecer, no le temen ni han oído, ni han sufrido, las apariciones de quienes fueron sepultados allí y que, en una de esas, retornan para pedir respeto a su memoria y reclamar el merecido descanso de sus restos mortales, como los de la señora Milano, descendiente de los dueños originales de esos terrenos, que elegantemente vestida y con tacones altos, dicen que solía trashumar por el sector antes de que su espectral figura desapareciera bajos los añosos pinos del hoy cementerio Santos Mardones, pero cuyo nombre original -Lautaro- ha persistido pese a los años.