Hasta hace unos años, en la esquina de las calles Chiloé y Errázuriz era posible adquirir ejemplares de centollas vivas, que parecían haber sido sacadas del mar poco menos que un par de horas antes.
En otros puntos de la ciudad, como en los locales dedicados a la cocinería popular, en lo que hoy es un centro gastronómico y de artesanías, también era posible hacerlo.
Pero eso quedó atrás. La centolla se alejó de las costas de Punta Arenas y parece ser que huye hacia el sur, más allá del Canal Ballenero y en la zona del Canal Beagle, donde parece que el recurso está como en el pasado.
Esa zona no favorece, precisamente, la faena de miles de pescadores y de centenares de embarcaciones que llegan durante la temporada de captura, porque debe tenerse presente que la centolla está en veda desde diciembre a julio, a fin de asegurar y proteger su reproducción.
Los pescadores que acaban de regresar de ese arduo trabajo, no sólo deben luchar contra la distancia, medida en unas 30 horas de navegación desde Punta Arenas, sino que además, contra las adversas condiciones climáticas que imperan en el área.
El estudio
El biólogo marino Luis Miguel Pardo, perteneciente al equipo de científicos que se desempeñan en el Centro de Investigación Dinámica de Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes, IDEAL, de la Universidad Austral, dio a conocer un estudio en que se da cuenta de las amenazas que se ciernen sobre el recurso centolla, aparte de la sobre explotación a la cual fue sometida por largo tiempo.
Las cifras de desembarque constituyen un llamado de atención: en el año 2014, en el período comprendido entre los meses de julio a septiembre, el volumen capturado alcanzó a 2 mil 615 toneladas, en el 2015, se llegó a 2 mil 353 toneladas y, este año, sólo 2 mil 226, toneladas.
Aunque al final del período autorizado para la faena se alcanzó casi las cinco mil toneladas, los pescadores debieron ir a buscar la centolla más al sur, por el Canal Ballenero hacia abajo. Sólo en el área sur austral, la del Canal Beagle, las cosas funcionan, dijeron los pescadores, “como era antiguamente”.
Más riesgos
Los pescadores confirman lo que han señalado los pescadores de centollas.
Hasta hace un tiempo, las trampas se colocaban a doce metros de profundidad; después hubo que bajarlas 30 metros y esta temporada debieron llegar a los ochenta metros, lo cual complica a los buzos artesanales y los arriesga a sufrir mal de presión, muchas veces mortal y si se sobrevive, hay secuelas graves, como hemiplejia, por ejemplo.
El estudio, añadió el doctor Pardo, también se refiere a la falta de centollas machos, cuyo número parece haber disminuido en forma significativa.
“La falta de machos incide en la reproducción, ya que su ausencia impide la fecundación de muchos de los huevos de la centolla hembra. Y esto es sensible porque éstas producen entre 10 mil y 60 mil huevos, de los cuales apenas el uno por ciento crecen hasta alcanzar la edad juvenil”, es decir, una cantidad mínima y eso afecta la reproducción de la especie y la cantidad de individuos disponibles para el futuro.
Sin embargo, eso no sería todo, porque como efecto del cambio climático, la temperatura de las aguas de los canales australes registra un aumento significativo.
Sernapesca
Consultado acerca del estudio, el ingeniero pesquero Patricio Díaz Oyarzún, director regional subrogante de Sernapesca en Magallanes, indicó que se desconoce el contenido exacto de ese estudio de profesionales de la Universidad Austral.
“Se trata sólo de percepciones que deben ser tema de debate en el mundo académico”, expresó con tranquilidad, reiterando que la zona de pesca para esta jurisdicción, parte en Puerto Edén y que su misión fundamental como servicio, es la fiscalización de la explotación racional y de acuerdo a las normas legales vigentes no sólo del recurso centolla sino que de todos los productos que pudiera entregar el mar chileno en esta zona.
Y pensar que un kilo del apetecido crustáceo alcanza un precio que varía desde los 14 mil pesos hasta los 25 mil pesos, si se adquiere entre quienes se dedican a la venta informal y en los establecimientos autorizados, respectivamente.
Y, en Santiago, un plato de centolla, con mayonesa o con alguna “salsa del chef”, generalmente puesta en un nido de lechugas, por ejemplo, llega a costar 50 mil pesos y más, según dónde se deguste en esta Cena de Año Nuevo.
Y con sana envidia, muchos cierran los ojos y viajan hasta Corea del Sur o Japón, y aprecian nuestra centolla magallánica, en un plato de porcelana china, ante los ojos de mirada ansiosa y de paladares más ansiosos aún de varios comensales acaudalados, mientras de fondo se escucha la música oriental.