Punta Arenas ha comenzado a ser, por estos días, una enorme base de apoyo para lo que podría calificarse como “una invasión científica a la Antártica”.
Desde la capital magallánica despegarán los medios aéreos necesarios para que lleguen hasta el continente blanco científicos de distintas universidades; desde nuestro puerto, zarparán las unidades navales que llevarán más científicos y equipos para operar hasta abril próximo, cuando ya las condiciones climáticas indiquen que los hielos, el frío y el viento se transforman en adversarios más que peligrosos.
Es que el contingente de científicos tiene planificada una serie de investigaciones para ver diversos aspectos de interés nacional y mundial, principalmente cómo están actuando las plantas invasoras en la flora nativa debido al cambio climático y, lo que podría ser peor, el efecto de contaminantes orgánicos humanos, coliformes incluidos, escapados de las bases antárticas, sobre los ecosistemas marinos.
Claro que hay tareas positivas como la de buscar, encontrar y estudiar algunos tipos de bacterias antárticas de alta resistencia, como aquellas que pueden combatir exitosamente a microbios que atacan y afectan peces, como los salmones y las truchas.
Y también detectar bacterias asociadas que podrían mitigar el daño que producen las heladas en las plantaciones de paltos de Quillota, La Cruz, Limache y las del valle de Aconcagua, entre otros puntos del país que producen con miras al mercado internacional, de preferencia.
Esta “invasión científica”, la mayor llevada a cabo hasta ahora en el continente blanco, permitirá que confluyan profesionales de diversas universidades chilenas; de la Universidad Austral, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, de la Universidad de Chile, de Concepción, de La Serena, Magallanes y Andrés Bello, además del mismo Instituto Antártico Chileno (Inach).
Pero habrá más, porque entre los 179 científicos de estas expediciones, que ya partieron a fines de noviembre, hay quienes provienen de Brasil, Gran Bretaña; Holanda, Colombia, Malasia, República Checa y Francia.
Y las naves
Chile ha dispuesto de lo mejor que tiene para la navegación en las aguas antárticas, con seguridad, con comodidad y con espacio suficiente para equipos, laboratorios y observatorios.
Se trata del rompehielos “Viel” y del transporte “Aquiles”, a los que se suma la lancha “Karpuj” que, significa “Albatros”, en el lenguaje de los canoeros australes.
De ellos, será el rompehielos “Viel” el que navegue hacia las latitudes más altas, ya que se desplazará hasta la base “Carvajal”, distante unos 800 kilómetros al sur de la isla Rey Jorge, ya que por sus características es la única que puede hacerlo en medio de los hielos antárticos.
Y la base Yelcho
Este será el primer año que la Yelcho opere a plena capacidad al cabo del tercer año de su apertura y total equipamiento.
Esta base no está cerca: dista 400 kilómetros al sur de la isla Rey Jorge y, cosa singular, dispone, desde fines del año pasado, de los primeros acuarios para investigación científica de nuestro país en el continente blanco y fue especialmente habilitada para trabajar en temas de biología submarina, como el impacto del cambio climático en las esponjas.
Y para el año 2018, se pretende poner en operaciones la base “Teniente Carvajal”, ubicada más allá del Círculo Polar Antártico, y que, hasta ahora, era utilizada como un refugio temporal.
Esta temporada, con el apoyo del rompehielos “Viel”, de la Armada de Chile, nueve personas construirán un laboratorio y otros 24 científicos trabajarán en su entorno, ya sea en campamentos ad hoc o a bordo del buque chileno.
Finalmente
El continente blanco, el continente helado, el continente del futuro, como se le ha llamado en diversas oportunidades, guarda aún muchos secretos, que serán develados por el trabajo de todos estos científicos, chilenos y extranjeros, que, en la práctica son los herederos de los audaces aventureros Amundsen o Scott, pero dotados de equipos, instrumentos y laboratorios y con el apoyo de aviones y de buques dotados de avanzada tecnología.
Y ya se han dado pasos importantes y bastante singulares, como la relación que los fósiles de la sierra tienen -donde se encuentra el yacimiento paleontológico Cerro Guido- con los Saurópodos, y la relación de otras especies con el continente helado. Así también, lo más relevante, confirmar que el “Nothofagus – antártica” fue, efectivamente, antártico; de aquí se expandió hacia América del Sur y hoy día se le conoce como el criollísimo “Ñire”, “Ñirre” y también como “Haya Antártica”.