En
las últimas décadas, el plástico ha inundado nuestra vida diaria, ha
pasado a ser omnipresente en todo tipo de objetos y materiales por sus
características de flexibilidad, durabilidad y ligereza.
Las imágenes de basura en playas o grandes restos flotando en el mar,
es lo primero que se piensa sobre la contaminación plástica en ambientes
marinos. Pero lo que no se ve, es lo más complejo, los restos
degradados de este material que llegan a las costas, se alojan en el
fondo y son consumidos por la fauna marina.
Consecuentemente,
esta situación trae repercusiones de grandes magnitudes, tanto por su
presencia física en el estómago o intestino de las especies que lo
ingieren, como por causa de los contaminantes químicos que llevan a que
pueden ser pasados a lo largo de la cadena alimenticia hasta llegar a
nuestros platos.
Sobre esto, la investigación de la UMAG corresponde a un estudio anexo de un proyecto encargado por el Instituto de Fomento Pesquero.
“Se
trata de registros visuales de contenidos estomacales, acotado a un
punto específico de la región y a una muestra que representaría apenas a
un 1% de la población de centollas estimada para Magallanes y la
Antártica Chilena”, dijo Claudia Andrade, investigadora del Instituto de
la Patagonia.
Riesgo para el hombre
Consultada
la coordinadora de la campaña antiplásticos de Greenpeace, Soledad
Acuña, acerca de si los microplásticos presentes en crustáceos o peces
representan un riesgo para el hombre, respondió de manera tajante: “Por
supuesto. Llegan al hombre y lamento decirlo, nos estamos comiendo el
plástico, y a la gente no le gusta saber que come plástico”.
Se sabe que el efecto de esa contaminación
en el hombre, es riesgosa, “pero aún sabemos muy poco de estos efectos y
falta mucho por estudiar”, añadió.