La
ilusión que les prometía el haber encontrado un trabajo estable a dos
jóvenes esperanzados por surgir en la vida, sin tener que depender de
sus padres, se vino abajo en los últimos meses, cayendo con mayor peso
sobre ellos como consecuencia de la crisis socioeconómica y sanitaria
que ha traído consigo la pandemia del Coronavirus.
Se
trata de Mauricio y Belén (quienes prefirieron no identificarse para no
preocupar a sus familias), de 21 y 20 años. Él es oriundo de
Concepción, mientras que ella es de Puerto Montt. Ambos, sin conocerse,
llegaron a la región más austral el año pasado para trabajar de
operarios para la empresa salmonera Nova Austral, en Porvenir, lugar
donde fueron compañeros de labores para luego, sin pensarlo, enamorarse.
De la ilusión a la cruda realidad
“Llegué
por mi cuenta a trabajar a Porvenir, porque me habían dado el dato de
que había trabajo, así que pagué un pasaje y me vine”, dijo el joven,
que junto a su pareja residían hasta fines de abril de este año en una
pensión familiar.
Tras
los estragos que originó el Covid-19 en Magallanes, la situación de la
compañía donde trabajaban varió, al igual que la de muchas empresas de
la zona, siendo inminentes los despidos masivos donde figuraron Mauricio
y Belén.
“Todos
sabíamos que el 16 de abril, mucha gente iba a quedar sin trabajo, nos
desvincularon, pero nosotros nos quedamos hasta fines de mes en
Porvenir”, explicó la joven.
Considerando
que el arriendo de Mauricio finalizaba a fines de abril, los pololos
decidieron trasladarse a Punta Arenas, donde arrendaron una cabaña por
día a la espera que la salmonera les pagara sus finiquitos para que
pudiesen alquilar mensualmente una vivienda y ver si es que lograban
encontrar algún empleo, pese a que la crisis cada vez empeoraba más.
Ante
la complejidad del momento, Mauricio se vio en la necesidad de ofrecer
su teléfono celular a una persona a cambio de una carpa, avizorando que
los días transcurrían y que si continuaban sin sustento económico
tendrían que estar preparados para lo que fuera. En el intertanto
pudieron conseguir además algunos bolsos para guardar sus pertenencias.
El
plazo perentorio llegó el pasado martes 9 de junio, momento que con el
futuro incierto emprendieron la búsqueda de un lugar donde pasar la
noche.
“No queremos preocupar a la familia…”
“Uno
igual es joven, uno sale de su casa para trabajar, para comprar sus
propias cosas e ir buscando mejores opciones laborales y no para darle
problemas a la familia. Si nosotros les entregábamos esta noticia a
nuestros padres, ellos se iban a preocupar, iban a tener que gastar de
su plata que en estos tiempos es lo que más necesitan, para enviarnos a
nosotros y ésa no es la idea. Yo antes de venirme tenía muchas cosas que
se las di a mi papá para que él las vendiera y tenga su platita”,
reconoció Belén.
Por
su parte, Mauricio indicó que “sabíamos que iba a ser difícil porque
estaba empezando el invierno y hacía mucho frío. Con los últimos ahorros
compramos unos pantalones térmicos y unas frazadas. Igual nos
encontramos agradecidos
porque tuvimos la oportunidad de tener una carpa, y hay otras personas
que están peor. Un grupo de señoras también nos fue a dejar comida en
los últimos tres días”.
La
pareja se estableció en un sitio eriazo, al final de calle Manuel
Rodríguez, en el sector sur de la ciudad. “Vimos en el mapa y queríamos
estar lo más lejano de la ciudad, para que no nos roben nuestras cosas”,
afirmaron. Además aseguraron que durante el día no podían desplazarse a
la ciudad, puesto que estaban cuidando una gatita que adoptaron cuando
vivían en Porvenir.
Hubo también un día en que el cuidador del sitio donde
pernoctaban les ofreció una especie de bodega para que pudiesen
resguardarse del frío y de la lluvia. Sin embargo, al día siguiente
llegó el propietario del lugar y les exigió salir de ahí, indicándoles
que era propiedad privada y que él no había otorgado el permiso.
La bondad magallánica
Por
cosas del destino, navegando por internet, la señora Rosa Vera vio una
publicación en que se daba cuenta del estado en que estaban viviendo los
pololos. Conociendo la realidad climática de Magallanes y en un acto de
bondad pura, se trasladó el domingo 14 de junio hasta el lugar para
ofrecerles un espacio al
interior de su vivienda con la intención de que pudieran vivir estos
crudos meses de invierno bajo techo, mientras encuentran alguna
oportunidad laboral.
“Ellos
estaban bajo techo pero tampoco tenían calefacción ni servicios
básicos. Estaban todos mojados y necesitaban secar ropa, por lo que
decidieron venirse con nosotros”, relató.
Al
respecto, la pareja enfatizó que “estamos profundamente agradecidos con
todos quienes nos han ayudado, sobre todo a la señora Rosa y su
familia, porque fueron super amables“
Por
otra parte, la dueña de casa criticó la falta de preocupación de parte
de las autoridades regionales con las personas que no son de la región y
que están residiendo, trabajando en Magallanes y viviendo la misma
problemática que hoy afecta a Mauricio y Belén.
“Nos
han llamado de un montón de agrupaciones, pero ni siquiera de la
municipalidad han sido capaz de llamar, por último para preguntar por el
estado de salud de los chicos, ni para ofrecerles ayuda, ni nada”, reprochó la mujer.
Necesitan un empleo
La
pareja admitió que lo que más necesitan en estos momentos son artículos
de aseo, y también algún trabajo para que puedan aportar con lo que se
necesite en el hogar.
“Queremos
ayudar acá en la casa porque con el tema de la pandemia todas las
personas están mal económicamente”, aseguró Belén quien lamentó que no
pueden regresar juntos a Concepción o a Puerto Montt ya que para ello,
ambos debieran ser residentes de la misma ciudad.
Quienes estén interesados en brindarle una mano a los jóvenes, pueden contactarse al número 9-42761812.
“En tanto, la empresa Nova Austral precisó ayer que ambos jóvenes presentaron su renuncia voluntaria a la empresa en abril de este año”.