Hace treinta y cinco años, un profesional llegado hacía pocos meses a Punta Arenas, supo, en el mes de mayo de 1981, lo que era sentir el frío de diez grados bajo cero, en pleno centro de la ciudad y apreciar lo duro del terreno escarchado cuando intentó hacer un hoyo en el jardín de su casa.
Pocos días después, disfrutó de una nevada y junto a su familia, jugó con la nieve, hizo su primer muñeco y recibió una bola de esa nieve en plena cabeza.
Pero, una nevada no hace el invierno y, al paso de los años, esos juegos ya no pudieron seguir practicándose porque la nieve se hizo más escasa y en otoño e invierno, “de varias de las de antes, apenas cayeron tres o cuatro y no muy abundantes”.
Otro tanto ocurrió con la escarcha: las muy bajas temperaturas que endurecieron las aguas de las lagunas del Regimiento Pudeto y del Parque María Behety, ya no fueron tan bajas y al aumentar más de un par de grados, las aguas siguieron estando líquidas, como siempre.
Los patinadores y las patinadoras miraron, con nostalgia, como esos espejos de agua escarchada ya no estaban y guardaron sus patines en sus bodegas y apreciaron como sus filos enmohecían.
Los trineos infantiles estaban muy cerca de esos patines porque ya sus dueños y dueñas no podrían deslizarse por las calles empinadas del sector sur, como las avenidas Pedro Aguirre Cerda o Manuel Rodríguez, ni tampoco en Señoret, hasta alcanzar la calle Teniente Serrano, en el Barrio Río de La Mano, ni en lo que hoy es el conjunto residencial Loteo del Mar, sólo por mencionar los sitios más conocidos y, por entonces, más utilizados.
Los mayores recuerdan aquellos inviernos en que, a pala y sal gruesa, despejaban las veredas situadas frente a sus residencias y amontonaban la nieve en un lugar que no dificultara el paso de los escasos peatones que, por urgencias personales o deberes laborales, debían transitar por calles, pasajes y avenidas.
“Muchas veces quedamos con ciática después de cumplir ese deber ciudadano”, confidencia Juan Subiabre, jubilado de la ENAP hace ya tiempo y que hoy frisa los ochenta años.
“Y qué decir cómo eran las cosas por afuera. Cuánta nieve. Metro, metro y medio. Voladeros y un frío de Dios nos libre, hijito de Dios”, recuerda, mirando a lo lejos y rechazando una fotografía (“Ya estoy muy viejo y arrugado”, dijo).
Y agrega que, al cambiar el clima, con otoños e inviernos más benignos, cambió hasta el uso de camisetas de manga larga y calzoncillos largos, afranelados, y medias de huiña, reemplazados por ropa interior más liviana, térmica, con materiales que controlan la transpiración de los pies y evitan los hongos, como el cobre.
Hasta los buzos térmicos y los guantes han sido arrinconados al mundo del trabajo en el puerto, en las actividades marítimas, en la construcción y en las faenas petroleras, porque ya el frío de antes no es el mismo, hasta lo que ha transcurrido de este año.