Porfiado, una característica que llevamos muchos en Chile. El periodista Patricio de la Paz se declara uno de ellos. Y con esa tozudez, por fin logró lo que siempre quiso: publicar un libro.
Y con ello, a los lectores nos logra hacer viajar con su brillante pluma, esa que por décadas se endureció en la edición de crónica y política en diarios como La Tercera, y La Segunda o en la revista Que Pasa.
Pero hoy “Pato” está en otra. Viaja donde quiere y narra con detalles cada rincón que recorre. Describe los lugares y nos sitúa en ellos. En Porfiados nos lleva a eso. Nos acercamos a lugares recónditos de Chile e ingresamos al hábitat de 79 compatriotas tan diversos como nuestra geografía.
– ¿Por qué un libro con crónicas de lugares recónditos?
“Soy un viajero incansable. Me gusta moverme, cambiar de escenario, descubrir lugares, conocer gente. Cuando lo hago por Chile, siempre me ha llamado la atención esto: que este país que ya es naturalmente remoto –desierto al norte, Antártica al sur, montaña al este, mar al oeste-, hay lugares que son aún más remotos; remotos al cuadrado, remotos dentro de lo remoto. Lugares donde la vida parece improbable, pero existe. Siempre quise escribir sobre eso. Crónicas in situ, que es lo que más me gusta. Entonces un día leí que la Fundación de García Márquez en Colombia, la FNPI, que apoya el trabajo narrativo de periodistas latinoamericanos, llamaba a postular a una beca para libros de crónicas de viaje. Postulé, y ese solo ejercicio me obligó a darle forma a la idea que tenía hace rato. Quedé entre los 3 finalistas de 200 postulantes, y eso significó una gran vitrina. Luego apareció la editorial Penguin Random House y ya no hubo vuelta atrás: decidí entonces salir a buscar a estos seres humanos en el extremo de todo, compartir con ellos, entender qué sentido encuentran en instalarse esos lugares tan imposibles. Así nació ‘Porfiados’”.
– ¿Usted es porfiado?
“Absolutamente. Aunque llevaba muchos años como un porfiado camuflado, metido en el traje formal de editor de prensa. Hasta que vino este libro y cambió todo. Hoy soy un narrador porfiado que se pasea felizmente buscando historias que contar”.
– ¿Cuál es el origen del nombre Porfiados?
“Siempre este libro se llamó así, desde que era apenas una idea en mi cabeza. Porfiados en el sentido de seres humanos que, contra todo pronóstico, contra la corriente, desafiando todo -desde la lógica hasta la capacidad física-, se instalan en lugares que nadie pareciera querer elegir para armar una vida. No hay aquí una mirada de crítica en ser porfiados, sino todo lo contrario. Me encanta la convicción y la entrega que descubrí en los porfiados de todas estas historias. En el libro se pasean 79 porfiados entrañables”.
– ¿Qué le atrajo de su periplo por Magallanes?
“Hay dos historias del libro que ocurren de Punta Arenas hacia el sur. Una es de la familia que se instala un año a vivir sola, de espaldas al mundo, en el Cabo de Hornos. Son el marino José Aguayo, su mujer y sus dos hijos. Es una historia increíble, de pura felicidad: la opción de una familia de permanecer unida 24/7 durante 365 días. Da lo mismo la lejanía, el viento que pega fuerte, el mar que se mueve bravo allá abajo. Lo que yo vi allí es un pequeño y férreo reino familiar al fin del mundo. La otra es de los nueve marinos que se instalan por un año en la isla Greenwich, en las islas Shetland del Sur, en la Antártica. Los únicos nueve habitantes de la Base Prat, la más antigua de Chile en esas tierras blancas. Es un mundo de hombres solos, lejos de sus familias, que fortalecen sus almas, que aprenden a lidiar con la soledad, a gobernarse a sí mismos cuando todo parece en contra. Son hombres que cambian mucho en esa estadía, que se conectan con sus sentimientos, que reordenan sus vidas, porque, como me dijo uno de ellos, allá lejos en la Antártica ellos tienen tiempo de pensar en ellos mismos. Esa crónica no es sólo un mes en la Antártica, es también, y sobre todo, un recorrido sentimental por el mundo de esos hombres solos”.
– ¿Qué significó para usted conocer la Antártica?
“Yo había estado en la Antártica una vez antes, hace como 10 años, a bordo de un crucero científico. Pero el viaje de ahora fue distinto, mucho más fuerte, más profundo. Hace diez años sólo pasé por la Antártica; ahora me instalé cuatro semanas allí. Fue remecedor. La soledad, el blanco por todos lados, el viento, el frío, los días sin noche de diciembre arman un mundo distinto alrededor tuyo. Uno nunca regresa de allá siendo el mismo. Suena cliché, pero es cierto. Como me dijo uno de los comandantes allá, que completaba un año en la Base Prat y ya volvía a casa. Esa mañana en que dejó la base, me dijo algo que a él también le habían advertido: ‘La Antártica siempre se encarga de cobrarte algo’”.
– ¿Cuáles ha sido sus viajes más inolvidables?
“De los que hice para este libro, todos fueron absolutamente inolvidables, llenos de porfiados entrañables con los que aún tengo contacto. Imposible elegir unos sobre otros. Todos fueron importantes y exquisitos; igual de inolvidables de una manera particular y distinta”.
– ¿Qué significado profesional tiene para un periodista su primer libro?
“Es una tremenda satisfacción. Es un trabajo de largo aliento, con otra profundidad, realizado a otro tiempo. En mi caso, significó reencontrarme con mi propia escritura después de muchos años de editor en distintos medios. Eso fue un ejercicio delicioso. Soy muy defensor de un periodismo más narrativo, con construcción de personajes, con uso de escenas y detalles, con estructuras bien pensadas, con desarrollo de una trama que corre en el tiempo y el espacio, con escenarios que van cambiando, con suspenso. La no ficción, la historia real, es un espacio generoso para quienes nos gusta escribir. Este libro fue todo eso; y mucho más también”.
– ¿Cree que sus entrevistados en Porfiados encontraron su lugar en el mundo?
“Totalmente. Están ahí por distintas razones, pero siempre con gran convicción. Algunos por la fuerza de la costumbre; otros por ponerse a prueba, por reordenar la vida, por una opción familiar y así muchas razones más. De todos los porfiados del libro, sólo hay uno que no está conforme con la vida que le tocó en su lugar remoto. Que se rebela, que tiene rabia, que siente pena. Es el porfiado más joven del libro, un chico de 20 años que vive en una isla en medio de la nada entre Chiloé y Chaitén”.
– ¿Cuál cree usted que es su lugar en el mundo?
“Un lugar amplio, que me permite moverme por Chile y más lejos también, buscando historias que merecen la pena ser escritas. No creo en un lugar específico que te obligue a permanecer en él, que te ponga límites; más bien creo en un lugar que uno pueda cargar encima y así sentirse siempre parte de él aunque estés en la Antártica o en los Himalayas o en Chiapas. Como escribió Bertolt Brecht: ‘Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa’”.
– ¿Qué recuerda de su visita a José Aguayo y su familia que custodian el faro en Cabo de Hornos?
“Tuve suerte, porque el viento fue suave. Me habían dicho que allí es muy pesado, con ráfagas cercanas a 300 kilómetros por hora. Que todo se vuela. Pero ese día de agosto me tocó un tiempo de calma. Recuerdo a José Aguayo muy amable, un poco tímido. Recuerdo a su mujer, Natalia, como el motor de todo ese mundo familiar. Los vi muy contentos, disfrutando de una experiencia con sus hijos que sabían era única, irrepetible”.
– ¿Cómo son las historias de los marinos en el continente blanco?
“Quienes deciden irse un año solos a la Antártica son tipos especiales. Deben tener una fortaleza anímica importante y también un impecable estado físico. Tipos preparados para lo extremo. No hay otra manera de resistir. Pero cuando están allá, ya sea por la soledad que ataca de improviso, por el clima inclemente, por la necesaria e inevitable introspección personal, se convierten en hombres muy conectados con sus sentimientos. Que bajan las barreras. Yo los comparaba con los icebergs que allá abundan: debajo de lo poco que al principio muestran, se esconde un mundo de emociones. Sólo hay que saber mirar, esperar, preguntar en el momento preciso. Por algo esa crónica se llama: en la Antártica los marinos sí lloran”.
– ¿Somos muy diferentes los chilenos que vivimos en los extremos del país?
“Sí. Otra sensibilidad, otra mirada al mundo, otra templanza. Son resilentes. Con gran convicción de por qué están allí. Con respeto por el sentido común, con mucha más humanidad. Lo vi en todos los extremos que visité por este libro: en el altiplano aymara, en el desierto que llega hasta las montañas, en los empinados bosques pehuenches, en las islas, en la Patagonia, cerca de los glaciares, en medio del mar furioso, en la Antártica. Los que vivimos en el cómodo centro del país deberíamos ponerle un ojo atento a todo eso, no olvidarlo. Son gente con mucho humor. Reírse es siempre una buena terapia para hacerse más liviana la carga”.