A las 9.30 del sábado, el Rainbow Warrior III izó velas y partió por el Estrecho de Magallanes en dirección a Puerto Madryn, en Argentina, para seguir con su campaña denominada “Salvemos los mares del fin del mundo”, que busca el fin de la industria salmonera en nuestro país.
Fueron dos semanas de una visita que no dejó a nadie indiferente en la región, no sólo por la imponente presencia de Greenpeace, la ONG internacional que lleva décadas protegiendo y luchando por el medio ambiente, sino también por las polémicas acciones que realizaron durante su visita.
Fue por eso que causó tanta atracción cuando el barco recaló en el Muelle Prat de Punta Arenas para recibir visitas. La expectación fue en aumento y muchos decidieron conocer las instalaciones de la embarcación.
Sobre su historia
El Rainbow Warrior III fue construido desde cero, gracias al aporte de los socios que tiene la ONG, con un costo total de 40 millones de euros. Se construyó desde el 2009 hasta el 2011 y ya ha sido partícipe de varias campañas alrededor del mundo. Su antecesor, Rainbow Warrior I fue tristemente destruido por los servicios de inteligencia franceses, acción donde falleció un fotógrafo portugués; la segunda embarcación con este nombre, luego de navegar por innumerables mares, fue finalmente donado a la comunidad de Bangladesh en India, donde se transformó en un hospital.
Características del barco
El velero pesa 838 toneladas y viaja a una velocidad máxima de 15 nudos (30 km por hora). La mayoría del tiempo funciona con la fuerza eólica que pasa por sus cinco mástiles de 54 metros. Si las condiciones del tiempo son desfavorables, el barco utiliza un motor eléctrico-diésel para sortear este tipo de inconvenientes.
Como tiene características de velero, Rainbow Warrior se desplaza sobre el mar inclinado.
El interior
La embarcación tiene su cabina de mando, donde Pep Barbal, el capitán, dirige los movimientos del velero. Utiliza cartas tradicionales de navegación, sin embargo, la normativa de Chile (que exige asesoría para navegar en los mares australes) lo hizo contar con la ayuda de dos ‘copilotos’ para llegar a Magallanes, con utilización de cartografía digital y GPS.
Después de Barbal, hay 15 tripulantes fijos en el barco, quienes son acompañados por otras 15 personas que van cambiando a medida que el barco se dispone a viajar a otro país. En su visita a Magallanes, Rainbow Warrior tuvo en su interior a varios chileno, quienes trabajaron en diferentes puestos.
La embarcación cuenta con una sala de comunicación (señal de WiFi propia), camarotes, comedor, sala de reuniones, cuarto de máquinas y vestidores, donde los tripulantes se colocan el equipo para realizar intervenciones en el mar, ya sean con fines científicos o como medida de protesta.
No existen alarmas, pero sí se debe cumplir con los horarios de trabajo y la información que piden los activistas desde sus oficinas. En el comedor no se permite utilizar celulares y, a medida que llegan a un nuevo país, hay una pizarra ‘informativa’ con los dichos más populares de cada zona.
Exterior
Sus cinco mástiles son lo primero que destaca del barco. Sin embargo, lo más llamativo es una escultura de un delfín chileno tallado en madera que vigila desde la proa. Rodrigo Barría, activista chileno de Greenpeace, explica que “ese delfín fue una de las cosas que se salvaron del primer Rainbow Warrior, después del ataque, por lo que ahora nos acompaña en memoria de ese suceso”.
El barco cuenta con dos lanchas zodiacs para desplazar a su tripulación fuera del barco y además tiene un helicóptero, que utilizan para tomar fotografías de sus intervenciones.
Visita guiada
Once mil personas fueron finalmente las que visitaron las instalaciones del Rainbow Warrior III, las que pudieron aprender en una visita guiada todas las campañas que se han hecho y los próximos objetivos que se tienen en mente.
Antes de terminar el recorrido, los visitantes tuvieron la oportunidad de ver un video acerca de las acciones realizadas en Chile, además de la invitación que hacen ciertos famosos para colaborar con la causa de Greenpeace.
Todo el recorrido termina en el helipuerto del barco, donde una de las activistas realiza un discurso final para comprometer a los visitantes a cuidar el planeta Tierra.