Manifestaciones sociales en Puerto Natales tienen más de un siglo

Los dos ex carabineros que, de
acuerdo con las versiones de testigos, serían los responsables de haber
golpeado brutalmente a tres jóvenes natalinos en la madrugada del sábado 8 de
julio, nunca sospecharon que con sus acciones despertarían una ira tan grande
en la comunidad de la capital de Última Esperanza.

Tampoco fueron capaces de
dimensionar lo que los franceses llaman “esprit de corp” y que centenares de personas,
aunque algunos afirman que fueron más de mil, se agolparían ante las
dependencias de la Segunda Comisaría de Carabineros; que las apedrearían; que
se enfrentarían a efectivos policiales, dejando catorce de ellos heridos; que
quemarían un vehículo de propiedad de un funcionario policial; que levantarían
barricadas; que estaban listos para cortar la ruta que une a Puerto Natales con
la capital regional si se enviaba un contingente de las Fuerzas Especiales de
Carabineros; que solidarizarían con los jóvenes agredidos y sus familias, al
punto de expresar su ira con esas y otras acciones, porque los inmuebles
contiguos al cuartel policial, como el de la Gobernación y el de Correos de
Chile, también fueron blanco de la furia de los manifestante y sus ventanales
rotos a pedradas son una evidencia clara y contundente de las acciones de una
multitud que, en su desesperación e impotencia, cayó en lo que los sicólogos
sociales llaman “el Síndrome de las Tres Íes”, es decir, se transformaron en
“irresponsables”, “indignados”  y casi
“incontrolables”.

Es que Puerto Natales hace honor
a una calificación surgida de los hechos históricos que han protagonizado sus
habitantes, especialmente, durante la década que une los años 1910 hasta 1920 y
que algunos observadores estiran hasta el año 1921.

Fue entonces cuando se produjo la
gran huelga  de la actividad ganadera
patagónica, agitada por elementos anarquistas de origen español,
principalmente, que costó la vida de cientos de trabajadores, entre ellos, muchos
de nacionalidad chilena, a manos de las tropas del regimiento de caballería del
ejército argentino “Húsares de Pueyrredón”, al mando del coronel Héctor Benigno
Varela.

Este militar argentino fue
muerto, dos años después, por el anarquista alemán Kurt Wilckens, quien utilizó
una bomba y un revólver para darle muerte cuando abandonada su residencia en un
elegante barrio de Buenos Aires: el asesino murió a manos de un ex policía
argentino, quien le disparó cuando el alemán se encontraba en su celda,
alegando que, de esta manera, “vengaba a su ex comandante Varela”, con el que
había servido en la represión de la huelga en Santa Cruz.

LOS HECHOS

Suplemento Análisis recurrió,
principalmente, a una de las muchas obras del abogado, ex intendente y Premio
Nacional Mateo Martinic, “Última Esperanza en el Tiempo”, para entregar
antecedentes acerca de los sucesos de enero de 1919.

Eso, sin desmerecer otras obras
histórico – literarias, como la historia de “Los Tirapiedras”, del sociólogo ya
natalino Ramón Arriagada, y “Natales, cien años de historias”, de los
profesores José Luis Ampuero Pena; Edgardo Cea Oyarzún y Pedro Cid Santos,
libros que permiten recrear  no sólo la
historia de la capital de Última Esperanza, sino que también, el entono
histórico de esa provincia, capital del turismo magallánico.

La primera gran revuelta natalina
tuvo su origen primigenio el día lunes 20 de enero del año 1919, cuando los
dirigentes empresariales y sindicales comenzaron a negociar los términos de un
acuerdo para mejorar las condiciones laborales y económicas de los trabajadores
del campo y de los frigoríficos que se desempeñaban en la provincia.

El primer acuerdo entre las
partes transitaba en forma satisfactoria, pero la decisión de cambiar el
alojamiento de dos maquinistas del ferrocarril que unía Puerto Bories con
Puerto Natales, puso una negra nube en las conversaciones, ya que los
maquinistas rechazaron la medida y “pidieron sus cuentas”, porque las nuevas
acomodaciones no les satisfacían y los demás operarios, al conocer el problema,
fueron a un paro de actividades en el frigorífico, marcharon a Puerto Natales y
se declararon en asamblea, aumentando las exigencias del petitorio original,
vigente desde hacía un año, después de un incidente también sangriento.

Ese hecho, que Martinic califica
como “fútil”, se sumó, al día siguiente, una serie de planteamientos que
superaban los puntos iniciales y que incluían la rebaja de los precios de
alimentos de primera necesidad y la reducción del monto de los arriendos,
situación que fue analizada y aprobada por la asamblea de los trabajadores,
acortando los plazos para la respuesta de los empleadores y la de los
propietarios de la empresa de propiedad de la firma “Braun y Blanchard”.

Al cabo de dos días, en la mañana
de jueves 23 de enero, una discusión entre un pintor chileno, el dirigente
sindical Enrique Espinoza, cuyo trabajo fue rechazado por  L. W. Kidd, que indicó que no estaba bien
ejecutado, y en ausencia de otro dirigente Carlos Viveros, en viaje al lugar de
ese hecho, se suscitó una discusión que fue subiendo de tono y que terminó en
un singular intercambio de balazos, porque en esos años era casi una costumbre
portar armas de fuego y cuchillos.

Hubo un intenso tiroteo que dejó
a Viveros, a un obrero chileno, José Terán; a un ejecutivo extranjero
Sommerville Wood; a Espinosa, que fallecería posteriormente y obligó a los
efectivos de Carabineros que custodiaban el lugar, a correr en pos de su
armamentos y municiones, pero lo lograron sólo dos de los seis y dos de sus
compañeros fueron muertos y los otros dos heridos de gravedad por una turba de
obreros que, alertados por los tiros y las versiones de otros trabajadores,
marchaban hacia el frigorífico instalado en Puerto Bories.

Después vendría el saqueo e
incendio de los bodegas de la firma Braun y Blanchard y de otros comercios, la
requisa de armas y municiones y, literalmente, “la ocupación de Puerto Natales
por los grupos de obreros armados”, que impusieron un clima de terror entre los
casi dos mil habitantes del entonces villorrio.

El subdelegado Luis E. Bravo
había informado vía telegráfica y telefónica a las autoridades de Magallanes;
también había pedido a la Cruz Roja que aportara a controlar y mantener el
orden público, aparte de su humanitaria tarea de atender a los heridos y
consolar a las familias y amigos de los fallecidos; y en un hecho inédito,
pidió y obtuvo la presencia de un destacamento policial argentino, acantonado
en Rospentek, el cual ingresó a territorio nacional, al mando del comisario
Diego E. Ritchie, por unas horas, hasta que desembarcaron efectivos militares
chilenos que viajaron a bordo del vapor 
“Sur” y el crucero “Ministro Zenteno” y cuya sola presencia aquietó los
ánimos de la población.

El 28 de enero se reanudaron las
actividades en forma casi normal en toda la provincia; se inició la
investigación judicial pertinente, que habría de durar largo tiempo; la
detención de los dirigentes más connotados y que no lograron escapar; los
hechos fueron calificados como un movimiento revolucionario; las autoridades
retomaron su gestión en Puerto Natales y el tiempo fue poniendo un manto de
silencio casi piadoso sobre los protagonistas de una serie de hechos que
ensangrentaron a Puerto Natales y que tendrían, un año después, un epílogo más
doloroso aún: otra huelga de los trabajadores y el asalto y el incendio del
local de la Federación Obrera de Magallanes, pero esta vez en Punta Arenas, con
un trágico saldo de muerte y destrucción, cuyas cicatrices aún perduran en la
memoria colectiva regional.

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