Un tibio sol luminoso, algo de viento y de telón de fondo, las aguas del Estrecho de Magallanes fueron el escenario casi ideal para que el sacerdote jesuita Fernando Montes Matte respondiera algunas preguntas de Suplemento Análisis.
– ¿Qué recuerdos tiene de su infancia?
“Mi padre era agricultor y mi madre, dueña de casa. Nacimos, y somos nueve hermanos, en Santiago, en el seno de una familia muy unida. Mis padres, ya fallecieron al igual que tres de mis hermanos”.
– ¿Cuándo se ordenó sacerdote?
“Me ordené sacerdote en agosto de 1968 y me faltan apenas dos años para cumplir medio siglo ejerciendo la vocación, inspirada en Dios y en el ejemplo de nuestro fundador San Ignacio de Loyola”.
– ¿Su vida como tal qué le ha deparado?
“De todo. He podido servir a los demás como sacerdote. He ocupado cargos, he sido profesor, director de colegios, e incluso, rector de una universidad. Comentarista de un canal de televisión (y con una sonrisa apenada recuerda que renunció a seguir con esa tarea cuando su programa de orientación religiosa y valórica empezó a salir al aire en horas de la madrugada). En fin.” Y no olvida su paso por la dirección de la revista “Mensaje”, en tiempos difíciles, pero que aún así, se dio tiempo para sostener reuniones de trabajo con representantes de todos los sectores políticos del país, en una mesa donde se discutió con altura de miras y con mucho respeto mutuo, acerca de la realidad de esos años (“fuimos los primeros en hablar de detenidos desaparecidos”) y de lo que podrá deparar el futuro a Chile.
– ¿Algunas experiencias que recuerde más que otras?
“Hay muchas. Como cuando le dije al ex Presidente (Sebastián) Piñera que habló de que el desarrollo estaba muy cerca de alcanzarse porque el ingreso promedio de los chilenos bordeaba los 23 mil dólares al año y yo le pregunté si eso los hacía más felices, mejores personas. También he estado varias veces en el penal de Punta Peuco. He visto personas enfermas terminales y creo que el perdón aliviaría más a quienes perdonan que a los que se les perdona la ofensa cometida, pero esa actitud es personal y debe venir del corazón. Ahora bien, el estado también tiene el rol de hacer cumplir el derecho y las penas aplicadas. Pero hay hechos que hay que evaluar porque la responsabilidad de un subalterno, en una estructura jerárquica, obligado a cumplir órdenes, es menor que los generales, coronel u otros altos mandos que planificaron y dieron la orden para proceder como se procedió”.
– ¿Hay otras experiencias que lo hayan marcado en su vida sacerdotal como jesuita?
“Al día siguiente de la muerte del padre André Jarlan, en la Población La Victoria, estuve en la pieza donde perdió la vida. Vi la Biblia manchada con su sangre. Vi el agujero por donde entró la bala que le dio muerte. Estaba leyendo un salmo, me parece recordar que era del profeta Isaías en el que se pedía por la Paz y él, que oraba por la paz, murió víctima de la violencia que, por esos años, golpeó a Chile, en medio de la dictadura”.
– ¿Cómo aprecia el Chile político de hoy?
“No hay ni buenos ni malos. No todo es blanco ni no todo es negro. Hay personas notables, pero no son todos y ni tampoco se puede generalizar, pero percibo que falta tanto, que aunque haya avances económicos falta el necesario desarrollo social. Y al persistir la desigualdad, se junta rabia”.
Y expone que Chile, desde su independencia de España, fue un ejemplo para los demás países de América, incluso de Europa, con la excepción de Inglaterra, puesto que construyó un país con instituciones políticas, sólidas, con marco legal y que buscó desarrollarse en la mejor forma, pero con un quiebre brutal como lo fue la Guerra Civil del 91.
En el siglo XX, se siguió adelante, pero en un marco de desigualdad que el padre Montes describió como “desarrollo económico con niños con pies descalzos”, entre otras situaciones dolorosas.
“Hubo distintas propuestas políticas, desde los Frentes Populares, hasta la Revolución en Libertad y el socialismo democrático de la Unidad Popular, pero la desigualdad se mantuvo y la rabia aumentó. Después vino el golpe militar y se partió de nuevo y, pese a los esfuerzos de todos, en medio de una difícil transición que pudo haber terminado en un baño de sangre, la desigualdad social se mantiene, aunque se ha avanzado en forma notable. Pero no puede haber desarrollo económico si no hay desarrollo social, se crearon deseos de compartir, pero la torta es chica”, reiteró el sacerdote jesuita.
– ¿Qué le parece el caso de la muñeca inflable regalada a un ministro del área económica de este gobierno?
“Yo creo que es una cosa poco feliz, ordinaria y que refleja cierto machismo y ojalá que los responsables sepan hacer mejor humor”.
– ¿Y la reforma educacional?
“Me ha dolido la reforma educacional, porque mantiene algunos aspectos negativos del sistema que buscaba reemplazar. No se estará formando personas que sirvan a los demás, que se entreguen a los demás, que no se pregunte qué puede hacer el Estado, el país, por mí, sino que, al contrario, pudieran preguntarse como John Kennedy “qué puedo hacer yo por mi país”, que en el fondo es decir por los demás y ha habido desprolijidades en medidas concretas. Debió darle más importancia a los niños más pobres, más pequeños para que, al crecer, estuvieran en igualdad de condiciones al llegar a niveles superiores y hubo errores en las prioridades”.
Y recuerda, de paso, al doctor Fernando Monckeberg quien, con visión de futuro y solidariamente, dio vida a un programa de alimentación para las madres y sus hijos que, probablemente, tenga incidencia en que hoy los chilenos tengamos expectativas de vida mayores que las de los norteamericanos.
“Se han bajado los índices de pobreza, hay menos pobres y eso se ha logrado en menos tiempo, por lo que no se puede hablar en término de blanco o negro”, reiteró el padre Montes.
Y con la mirada perdida en las aguas del Estrecho de Magallanes, con una brisa porfiada, bajo un sol que sigue tibio, responde nuestra última consulta acerca de sus padres
“Mi padre se llamaba Hernán, mi madre, María Eugenia y formaron una linda familia, muy unida y que nos enseñó a servir a los demás”.