Numerosos reclamos por masificación de rayados en muros de casas y negocios

La queja es la misma de siempre.
“El sábado al mediodía o bien, tal día, por la tarde, los maestros o yo mismo pusimos fin a las tareas de pintar los muros de la casa o del negocio. Por la noche o en la madrugada, no se sabe con certeza, porque nadie escuchó ni vio nada, nada, esos muros aparecen marcados por las huellas de los vándalos dedicados a la pintura rebelde”.
Ese es uno de los numerosos reclamos que a diario se escuchan a través del dial de Pingüino Radio. Son muchos los auditores que hacen sentir su molestia porque en las calles de Punta Arenas los delincuentes hacen de las suyas y los rayados en los muros exteriores de las casas se masifican, y no sólo en el sector céntrico de la capital magallánica. 
Son trazos que son inentendibles para los profanos, o sea, personas comunes, corrientes, normales, como la gran mayoría de los magallánicos.
“Pintura popular”, “arte rebelde” son las denominaciones que pretenden justificar o dar a conocer estas manifestaciones que parecen copiadas de libros extraños, propios de sectas cerradas, como todas las sectas.
Y hay más.
Nadie los conoce, nadie los ubica, y quienes sí lo saben se suman a una complicidad que ya se quisieran delincuentes de mayor peligrosidad, pero nunca tan audaces.
Porque los grafiteros vándalos desafían a los dueños de las casas, de los negocios, cuyos muros dañaron y, además, son tan hábiles, tan astutos, que logran eludir las rondas policiales y se esconden o se escabullen en medio de las sombras de una ciudad que, se dice, tiene unas luminarias “de miedo” (se dice que alumbran poco y donde no corresponde).
Pero sus huellas están aquí, en pleno centro, en las avenidas, en las calles, en casas y residencias, modestas o costosas, en negocios o en boliches tradicionales.
¿No será hora de decir: Basta a tanto y tanto daño al paisaje urbano?
Muchos vecinos, que prefieren la reserva, dicen que “ya los pillaré y van a ver entonces, aunque me metan preso”.
Otros, han hecho vigilancia, con tarros de pintura, a medio vaciar, para “darles de su propia medicina cuando se atrevan a volver”, esperando darle un baño de pintura con aguarrás, especialmente preparado.
Pero la mayoría se resigna, masculla contra la policía, enojados porque “perdimos trabajo y plata y mire cómo nos dejaron el muro recién pintado”.

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