Para quienes vieron la serie “Los ‘80”, más de un lagrimón pudo haber caído al ver aquella imagen de los niños frente al televisor, en la sala de clases, siguiendo atentamente el debut de “La Roja” en el Mundial de España ’82. El resultado, para olvidar, 0-1, penal fuera incluido (sí, el de Caszely) y ni hablar de la campaña: eliminados en primera ronda luego de ser goleados por Alemania (1-4) y derrotados por Argelia (2-3). Canasta limpia, diría un comentarista; saco roto y lleno, diría otro.
En la antesala de aquel día jueves todo era fútbol. El campañón en la Copa América de 1979 (vicecampeones) y en la eliminatoria (invictos, aunque se jugaba en grupos), tenía a los chilenos con un optimismo desbordante. “Vamos a ser campeones del mundo”, era la frase más recurrente, mientras Caszely sonaba con su “Domingo por la mañana”, los jugadores aparecían a diario en la televisión publicitando a AFP Invierta y en las radios el jingle nos invitaba “a juntar laminitas de España 82”. Y quién más, quien menos tarareaba eso de “Chile, Chile, Chile busca el gol, Chile, Chile, Chile, puro corazón”.
Los magallánicos también se preparaban, con el orgullo de que la selección se despedía del país en el césped del Estadio Fiscal de Punta Arenas. Insólito suena hoy.
El marketing no era como ahora, pero igual se veía gente de todas las edades con la camiseta roja. Eran las de hilo, compradas en Casa Cuevas (Bories esquina Ignacio Carrea Pinto) y en Cata Deportes (en calle Magallanes a pasos de Mejicana). Nada de originales, pero qué importaba mientras tuviera el escudo en el pecho y el cuello estrella.
En los pasillos de la escuela se hablaba del “gran día”, de si los profesores iban a dejar mirar el partido y de cómo sortear un problema no menos importante: el televisor. Es que era otra época. Los televisores eran de esos grandes de madera, a tubo, o los pequeñitos (como el Antu o el IRT). El “a colores” Sony (de Cantolla en Zona Franca), el Panasonic, Sanyo o general Electric, eran un lujo casi exclusivo del jefe de hogar.
Pasaban las horas y la ansiedad crecía. Para muchos escolares era el primer mundial; poco recuerdos habían de los partidos en blanco y negro y en diferido, de Alemania ’74, y del primer título de la albiceleste en Argentina ’78. A lo más, el recuerdo de la pelota “Tango” y alguna historia del papá o el familiar acerca del ’62.
Ya en el estreno, la primera decepción: qué habían hecho con la camiseta, dónde estaba el cuello estrella, de dónde habían sacado aquel diseño (moderno para la época, pero desconocido para los noveles hinchas). La segunda, la alineación: ¿Dónde estaba Manuel Rojas, el “10”, el zurdo, “El Arquitecto”, “Rojitas”. ¿Qué pretendía Santibáñez dejando al creador, al talentoso en la banca? Y pensar que hoy se habla del “Mago” Valdivia, cuando el pequeño volante “crá” del Palestino campeón del ’78 fue el primero en posar para la Revista Estadio vestido de Mago y su fútbol superaba por lejos al actual hombre del Palmeiras. Eran otros tiempos.
Los cambios en la alineación fueron la crónica de la muerte anunciada. Luego vino el partido. Muchos gritaron con la falta y cerraron los ojos cuando el gordito de la “9” pateó. Mejor no haberlos abiertos, porque, maldita contradicción, la pesadilla recién estaba comenzando. Sin querer, aquellos minutos de sufrimiento convirtieron a muchos en testigos de un hecho histórico, recordado hasta hoy. Más tarde vendría la humillación con Alemania y la despedida con Argelia (a esa