Mientras el mundo cristiano
se dispone a celebrar con alegría el nacimiento del niño Jesús en un pesebre,
otros tantos repletan las calles y tiendas en búsqueda del regalo soñado.
El comienzo de diciembre
marca también el inicio de los festejos de fin de año y en el aire comienza a
palparse una atmósfera positiva que predispone a las personas a la reflexión
y a entregar gestos de amistad, solidaridad y humanidad.
Siempre se suele decir por
estas fechas que somos un poco mejores, un poco más hermanos. Lo lamentable es
que ese espíritu de bondad se diluye rápidamente cuando nos sumergimos en una
vorágine de consumismo e individualismo que nos ciega frente al dolor y la
soledad de individuos que no tendrán la Navidad idealizada de los comerciales y
mucho menos una vida de esperanza.
Esta es la historia de esos
hombres, de los invisibles a nuestros ojos, de los que deambulan desde temprano
por las calles de Punta Arenas o duermen durante el día tirados en parques,
plazas y bandejones, porque ya perdieron la esperanza y el alcohol los tiene
apresados en sus cuerpos. Están ahí, pero de tanto verlos desaparecen. Están
ahí, con su piel curtida por el sol y el viento, vistiendo ropas estrambóticas
que la beneficencia de unos pocos ha reunido para ellos.
Son jóvenes y viejos,
mayoritariamente hombres, que han perdido
sus redes sociales y están inmersos en el pozo profundo de la desesperanza.
Acercarse
a ellos no es fácil, son desconfiados y sus capacidades de comprender el mundo
que los rodea se ha diluido lentamente. Algunos han hecho de la mentira su
herramienta de supervivencia. Saben decir lo que uno espera escuchar.
“Amigo,
una monedita. No le voy a mentir, me faltan cien pesos para comprar la cajita
de vino”. Su rostro hinchado y moreno tiene rasguños y costras que delatan la
precariedad de su existencia. No se acuerda si se cayó o lo golpearon. Tampoco
le importa mucho. Seguramente, no es la primera vez que está así. Sus
compañeros, tan perdidos como él, se ríen. Son las 8.45 horas de un día
cualquiera y ya están sentados en un murito de un local de calle Bories. Ahí
permanecerán durante todo el día, pasándose la cajita de vino hasta acabar con
su contenido. Luego vendrá otra y otra. Entre medio, si se acuerdan, comerán
pan, papas fritas o lo que los transeúntes les regalen.
Los
perros, tan abandonados como ellos, son sus compañeros habituales. También son
su abrigo cuando se quedan dormidos en las bancas o jardines de los bandejones
de las avenidas Colón y España.
En la
tarde, cuando el tiempo y el alcohol ya se han consumido, comienzan el retorno
a la hospedería del Hogar de Cristo. Sus puertas se abren para ellos a las 18
horas. Ese es el único momento del día
en que podrán sentirse como en casa.
(Nota completa en el cuerpo de Reportajes de suplemento Análisis)