Los
enfrentamientos entre las fuerzas del orden y los ciudadanos que
protestan contra el Gobierno de Nicolás Maduro desde el lunes pasado han
causado al menos 26 muertos, según el Observatorio Venezolano de
Conflictividad Social (OVCS).
Las
protestas en el centro de Caracas se han intensificado en barrios que
antes eran considerados como antiguos bastiones del chavismo y han
culminado con las masivas manifestaciones del miércoles en las que la
oposición venezolana volvió a salir con fuerza a la calle después de las
protestas que sacudieron el país en 2017.
La
violencia en las calles no ha cesado en toda la semana. El número dos
de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, ha asegurado que los grupos que
protestan generan violencia y que están “pagados”, sin especificar por
quién. Según Efe, medios locales de Venezuela informaron de que, en
Petare, la favela más grande de América Latina, policías y manifestantes
se enfrentaron a tiros y fueron arrojadas dos granadas, pero sin dar
número de heridos o fallecidos.
La
ONG Observatorio Venezolano de Conflictividad Social denuncia que los
manifestantes fueron atacados por las fuerzas de seguridad “y/o
agrupaciones paramilitares”.
El director del Foro Penal Venezolano, Gonzalo Himiob, indicó que 278 personas han sido detenidas desde el pasado lunes.
En
el plano político, el anuncio del líder opositor Juan Guaidó, que se
declaró el miércoles presidente interino de Venezuela ante una multitud
que le ovacionó fervorosamente, tomó a algunos diputados y políticos de
la oposición por sorpresa y no ha sido compartido de manera unánime.
Sectores moderados de la oposición han insistido en que Guaidó, militante de Voluntad
Popular, el partido de Leopoldo López, debe tener la cabeza fría y
asumir progresivamente la estrategia opositora, procurando una
negociación política.
Tampoco
ha dejado contentos a los sectores más intransigentes, que llevaban
días recriminándole que no hubiese asumido la presidencia antes.
Las
eternas luchas internas de la oposición parecen haber quedado, no
obstante, eclipsadas por el respaldo internacional obtenido por Guaidó,
sobre todo en el continente americano. Salvo México, las principales
potencias han cerrado filas con el presidente de la Asamblea Nacional y,
con Estados Unidos a la cabeza, han endurecido el tono contra el
régimen chavista, que ha dejado colar amenazas expresas a Caracas.
En
el caso de Europa, Guaidó no ha logrado un apoyo explícito de la Unión
Europea como bloque, pero sí de varios líderes conservadores. La UE ha
insistido en la necesidad de una salida dialogada, una opción de la que
es partidaria España.
Guaidó
ha podido remontar dos semanas de vértigo, que incluyeron un intento
fallido de captura por parte de la policía política chavista y amenazas
abiertas de prisión que no se han concretado.
Durante
la tarde del martes, terminada la concentración, hubo rumores de que se
había asilado en la Embajada de Colombia, lo que fue desmentido poco
después.
Mientras sus críticos han intensificado el pulso a Maduro, el líder venezolano, como respuesta, ha decidido romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos.
En
la Casa Blanca, sin embargo, solo reconocen a Guaidó como jefe del
Ejecutivo venezolano, y colocan a Miraflores ante la peliaguda tarea de
soportar en el país la presencia indeseada y de un hostil operador
político de carácter inevitable.
El
Gobierno bolivariano, sin embargo, se ha visto particularmente
desguarnecido este miércoles: con Maduro ausente casi todo el día, sin
atreverse a tomar decisiones después del atrevimiento de Guaidó, en un
ambiente levantisco y desobediente, organizó una manifestación muy pobre para intentar dar respuesta a la avalancha opositora.
Diosdado
Cabello, hombre fuerte del chavismo, declaró: “Aquel que quiere ser
presidente nos tiene que venir a buscar a Miraflores”.