Desde que el grupo militante radical Hamás atacó Israel el pasado 7 de octubre, las comunidades israelíes y palestinas en América Latina han seguido con atención el desarrollo de los acontecimiento en Medio Oriente.
Y las principales ciudades latinoamericanas han sido escenario de manifestaciones en apoyo de uno u otro de los actores del conflicto, que desde ese día ha cobrado la vida de 1.400 israelíes y casi 10 mil palestinos.
En ese contexto, miles de personas participaron el sábado en Santiago de Chile en una marcha que tuvo una particularidad: ocurre en el país que alberga la mayor colonia de origen palestino fuera del mundo árabe. Y una de las más antiguas.
Se calcula que unas 500 mil personas pertenecen a esa colectividad.
“Estamos muy conmovidos con lo que está ocurriendo en Gaza. Muy afectados con las imágenes que llegan desde allá”, le dice a BBC Mundo Diego Khamis, director ejecutivo de la Comunidad Palestina en Chile.
La embajadora palestina en el país sudamericano, Vera Baboun, explica que “históricamente, la comunidad palestina en Chile ha estado comprometida con el rechazo a todas las atrocidades que la nación palestina vive”.
Para entender el fenómeno migratorio palestino a Chile, hay que retroceder a fines del siglo XIX.
La región de Palestina, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, considerada sagrada para musulmanes, judíos y católicos, pertenecía por aquellos años al Imperio Otomano.
Eran tiempos de tensiones cruzadas.
“La salida de palestinos, sirios y libaneses se da en medio de una situación de crisis económica, decadencia del Imperio Otomano y represión a los primeros movimientos nacionalistas árabes en la zona”, le explicó a BBC Mundo Ricardo Marzuca, académico del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile, en una entrevista realizada en 2021.
En esta comunidad, como en muchas otras, América era vista como un “mundo nuevo” lleno de oportunidades.
De esta manera, muchos jóvenes palestinos siguieron la ruta a Europa por tierra y por mar a Buenos Aires.
Pero en vez de quedarse en la capital argentina, más rica y europeizada, algunos prefirieron cruzar los Andes y seguir hacia Chile, atraídos tal vez por un destino más desconocido.
Entre 1885 y 1940, los árabes sumaban entre 8.000 y 10.000 personas en Chile, según el libro “El mundo árabe y América Latina”, de Lorenzo Agar Corbinosla.
La mitad de ellos palestinos que, en su mayoría, provenían de solo tres localidades: Belén, Beit Jala y Beit Sahour.
Pero luego se produjeron otras olas migratorias como, por ejemplo, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se produjo la desintegración del Imperio Otomano, y tras la Segunda Guerra Mundial, con la creación de Israel el 14 de mayo de 1948.
La fundación del estado de Israel tiene un nombre para los palestinos: la Nakba, es decir, “la catástrofe”: el inicio de la tragedia nacional.
Y fue entonces cuando alrededor de 750.000 palestinos huyeron a otros países o fueron expulsados por tropas judías.
Al igual que otros países jóvenes, Chile necesitaba inmigrantes para afianzar su economía y controlar el territorio.
La élite chilena apostó siempre por los europeos, a quienes desde principios del siglo XIX ofrecía tierras y derechos, pero muchos árabes y palestinos aprovecharon el impulso.
“Se produjo una suerte de efecto en cadena, donde determinados grupos llegaron a Chile y fueron trayendo a sus familiares”, indicó Marzuca.
“Hay un conjunto de factores que impulsaron su asentamiento: el clima, pues hay ciertas similitudes entre el territorio palestino y el caso chileno; la libertad, algo que se echaba mucho de menos por la represión del Imperio Otomano y después la represión del mandato británico; y la prosperidad económica”, agregó el académico.
Los llegados de Medio Oriente optaron por el comercio y los textiles, una decisión que sería clave en la abundancia que haría crecer la colonia.
Seguían su tradición, conocían “el regateo”, pero además atendían una demanda pendiente. Llegaban con artículos de paquetería al campo o a las ciudades chilenas donde había poco para comprar.
Otros inmigrantes empezaron a fabricar algodón o sedas, reemplazando la factura artesanal local o las caras importaciones europeas.
Tras la rotunda apertura de la economía en los 80 y 90, y ante la intensa competencia china, la mayoría de las fortunas palestinas se expandieron hacia una variedad de negocios: financiero, inmobiliario, agrícola, viñatero, agrícola, alimentario y prensa.
Además de su aporte al desarrollo económico, crearon instituciones de distinto tipo, desde un equipo de fútbol -el Club Palestino- hasta sociedades e beneficiencia y organizaciones culturales.
Y en Santiago, conquistaron el famoso “barrio Patronato”.
Además de los ya mencionados, el impulso comercial se retrata en empresas como Parque Arauco, asociado a la familia Said, en centros comerciales en Chile, Perú y Colombia; o el Banco de Crédito e Inversiones, fundado en 1937 por Juan Yarur.
También cuenta con importantes figuras políticas: líderes de partidos, senadores, diputados, alcaldes y concejales son de la comunidad.
Para la embajadora Vera Baboun, “lo más interesante de la comunidad palestina en Chile es que están plenamente integrados como chilenos pero al mismo tiempo está intrínsecamente conectada hacia su madre tierra. Y la causa palestina está viva en sus vidas”.
(BBC News Mundo).