Este miércoles la polémica estuvo servida entre la expresidenta
Michelle Bachelet y el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Desde su
cargo como alta comisionada para los derechos humanos de la ONU,
Bachelet lanzó una dura crítica contra el gobierno del ultraderechista
brasileño, denunciando que su país había sufrido una “reducción del espacio democrático”, en referencia a las acciones de Bolsonaro contra las organizaciones ambientalistas y de derechos humanos.
Sus comentarios no cayeron nada bien en el glicerense, quien a través
de redes sociales y luego en un punto de prensa disparó contra la
exmandataria chilena, asegurando que “si no fuera por el personal de (Augusto) Pinochet, que derrotó a la izquierda en 1973, entre ellos a su padre, hoy Chile sería una Cuba”.
No es nueva la admiración de Bolsonaro por Pinochet. Compartiendo un
pasado militar, el gobernante brasileño expresó muchas veces durante su
campaña su admiración por el modelo implantado por Pinochet en nuestro
país, y nombró como ministro de Economía a Paulo Guedes, doctorado de la
escuela de Chicago, quien trabajó a principios de los 80 como académico
en la Universidad de Chile.
“Pinochet hizo de Chile una Suiza”. Con esta frase resumía Guedes al Financial Times su norte,
advirtiendo que sus políticas privatizadoras y de reformas seguirían
una senda similar. “Vi a Chile más pobre que Cuba y Venezuela hoy, y los
Chicago Boys lo arreglaron”, sentenció.
¿Pero fue realmente así? Muchos intelectuales lo dudan, incluyendo al sociólogo y economista brasileño, José Luis Fiori.
Este profesor del Programa de Postgrado en Economía Política
Internacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro; e
Investigador en el Instituto de Estudios Estratégicos sobre Petróleo,
Gas y Biocombustibles (INEEP), escribió una dura columna donde establece
que el supuesto “milagro económico chileno” no es herencia de la
Dictadura sino de los gobiernos de la Concertación, que la sucedió.
“A pesar de las opiniones del actual ministro de Economía de Brasil,
Paulo Guedes, y de sus porristas en la prensa conservadora, los
resultados económicos de las reformas neoliberales de Pinochet fueron
absolutamente mediocres y sus consecuencias sociales fueron
catastróficas”, resume Fiori en un texto publicado en inglés por el consorcio periodístico OpenDemocracy.
Su texto recuerda al difundido previamente por el profesor de
ciencias políticas de la Universidad de la Mancomunidad de Virginia,
Michael Ahn Paarlberg, quien en la revista estadounidense The New Republic
también desguazó el modelo de la dictadura, calificando como un mito
que se le pueda atribuir a Pinochet la recuperación económica del país.
Se ha hecho costumbre entre los economistas neoliberales el halagar a
Chile y considerarlo un modelo económico al cual aspirar. Más aún, en
el Brasil de Bolsonaro, es cada vez más común escuchar alabanzas a la
dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990), quien le dio un
poder casi absoluto a un grupo de jóvenes economistas -dirigidos por el
ministro de Economía Jorge Castro- para aplicar ya en los 70, el primer
gran “shock neoliberal” del mundo.
Chile se volvió un gigantesco laboratorio para las reformas de corte
neoliberal predicadas por la escuela de Chicago, cuyo modelo estaba
siendo exportado a todas partes. Sin embargo en Brasil, la verdadera
historia de la experiencia económica chilena suele ser falsificada, para
inducir una comparación totalmente espuria, y un engaño completamente
ideológico.
Vamos a revisar, aunque de forma muy breve, algunos datos importantes
sobre este periodo de la historia, comenzando con algo de información
elemental que es indispensable para quienes pretendan hacer
comparaciones entre economías y entre países.
En el día del golpe de Estado que derrocó al presidente Salvador
Allende, Chile tenía sólo 10 millones de habitantes, cerca de la 21ª
parte de la población brasileña. También tenía un producto interno bruto
(PIB) de 16.850 millones de dólares, apenas una 130ª parte del actual
PIB de Brasil. Chile no tenía petróleo ni autonomía energética, estaba
lejos de la suficiencia alimentaria, carecía de un sector industrial, y
tampoco tenía un sector productivo relevante más allá de la minería del
cobre.
De hecho la economía chilena dependía casi por completo de la producción de cobre.
Fuera de él, sólo exportaba madera, frutas, pescado y vino. Chile
dependía completamente de las importaciones de petróleo y sus derivados,
de químicos, electricidad e infraestructura de telecomunicaciones, de
maquinaria industrial, vehículos, gas natural y comida, es decir, casi
todo lo esencial para mantener a la sociedad chilena.
Para finalizar, Chile era un país aislado, quizá el más aislado del mundo,
sin otra relevancia militar o geopolítica que para Argentina, por la
Patagonia, y para Bolivia y Perú, por la región de Atacama.
Fue en este pequeño país, con estas simples condiciones económicas,
demográficas y geopolíticas, que las reformas se volvieron la base de un
mantra repetido por los gobiernos neoliberales de todo el mundo:
flexibilización y precariedad del mercado laboral, privatización del
sector productivo estatal, liberalización y desregulación de todos los
mercados y, en particular, alteraciones del mercado financiero como una
apertura radical del comercio exterior y el fin de todo proteccionismo,
la privatización de los servicios públicos de salud, educación y
seguridad social, para concluir con la privatización incluso de los
servicios más elementales, como el agua, alcantarillado y la
distribución de energía y gas.
En el caso de Chile, este programa se implementó durante los 17 años
de dictadura militar, sin ningún tipo de oposición política o
parlamentaria, y con el apoyo absoluto de un dictador que asesinó a
3.200 opositores, que arrestó y torturó a 38.000 personas, y que forzó a
más de 100.000 a salir al exilio. Eso sin mencionar que de 1973 a 1985,
el gobierno militar impuso un toque de queda desde las 22 horas hasta
las 6 am para todos los chilenos, no sólo para algunos sentenciados a
portar brazaletes electrónicos.
Esto significa que, por 12 años, toda la población chilena fue
forzada a quedarse en sus casas cada noche, como si hubieran sido
prisioneros de un campo de concentración y, si alguien era sorprendido
en la calle durante el toque de queda, podía ser arrestado sin derecho a
apelación o incluso baleado. A pesar de todo esto, y pese de
las opiniones del actual ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, y
de sus porristas de la prensa conservadora, los resultados económicos
de las reformas neoliberales de Pinochet fueron absolutamente mediocres,
y sus consecuencias sociales fueron catastróficas.
Antes de meternos en los números, es esencial que los lectores
separen la historia de la dictadura entre 1973 y 1990 de lo que sucedió
tras finalizar este periodo. Más aún, dentro de la propia historia
económica de la dictadura, es necesario distinguir dos grandes periodos:
el primero de 1973 a 1982 y el segundo de 1982 a 1990.
Fue en el primero de estos periodos económicos de la dictadura que
los Chicago Boys de Pinochet desencadenaron su gran shock neoliberal, el
que culminó con la catastrófica crisis de 1982. Esta forzó al gobierno
militar a nacionalizar el sistema bancario chileno, a destituir al
ministro de Economía, a revertir muchas de sus reformas (por ejemplo, se
volvieron a establecer regulaciones para el sector financiero y se
volvió a instituir la tasa de régimen cambiario que previamente regulaba
el Banco Central).
En 1982, el PIB chileno cayó un 13,4%, el desempleo alcanzó un 19,6% y
el 30% de la población chilena se volvió dependiente de los programas
de asistencia social que fueron creados para lidiar con la crisis. Aún
así, cuatro años después, en 1986, el PIB per cápita de los chilenos aún
eran 1.525 dólares, menos aún que el nivel de 1973.
Para el final de la dictadura, el verdadero PIB promedio per cápita
en Chile había crecido apenas un 1,6% al año, un resultado muy cercano
al estancamiento económico. El 18% de la población estaba desempleada y
el 45% bajo la línea de la pobreza. En 1990, el PIB promedio per cápita
de los chilenos, calculado en base a la paridad del poder de compra, era
de sólo 4.590 dólares, más bajo que el que Brasil tenía en ese entonces
luego de la “década perdida” de 1980, que alcanzaba 6.680 dólares.
Definir esto como un “éxito” es, por decir lo menos, una imprudencia intelectual, sino lisa y llana propaganda.
Lo que tampoco dicen nunca los economistas neoliberales es que fue
sólo al terminar la dictadura, en el periodo de casi 30 años que va de
1990 a 2019, y en particular durante los 20 años de gobierno de la
centroizquierda concertacionista formada por partidos socialdemocrátas,
que el PIB chileno realmente creció en forma significativa, a un
promedio de 7% en los 90 y a 4.6% durante el resto del periodo
democrático.
Fue durante este periodo que el ingreso promedio de los chilenos se
incrementó en cinco dígitos, alcanzando su actual nivel de 25.000
dólares, el más alto de Latinoamérica, mientras que su PIB alcanzó los
455.900 millones de dólares en 2017. Durante este periodo, los gobiernos
de la Concertación impulsaron varias reformas tributarias que
fomentaron la inversión social del Estado, con la creación de un seguro
de salud universal, un seguro de desempleo y el Pilar Solidario, un
beneficio estatal mensual para los pensionados más pobres. Como
resultado, el rol del Estado chileno creció nuevamente, especialmente en
el desarrollo de infraestructura y la provisión de educación, salud y
protección social.
Cuando los analistas hablan del “milagro chileno” se refieren a este
periodo democrático, durante el cual los gobiernos de centroizquierda
lograron reducir el desempleo heredado de la dictadura desde un 18% a un
6% a 7% en promedio, reducir la población bajo la línea de la pobreza
de 45% a 11% y hacer de Chile el país con el índice de desarrollo humano
(HDI) más alto de Latinoamérica, y 38 a nivel mundial.
Finalmente, poco a poco, la herencia más dramática legada por las políticas y reformas neoliberales de los Chicago Boys
del general Pinochet fueron revertidas, tal como sucedió con la nueva
legislación laboral, que devolvió al menos parcialmente el poder
negociador que habían perdido los sindicatos durante la dictadura
militar.
Sumado a esto, los gobiernos de centroizquierda aumentaron
significativamente el gasto en salud al crear el “sistema de garantías
explícitas” (GES) a fin de expandir y universalizar Fonasa, el brazo
público del sistema de servicios de salud chileno.
Aún así, no hay duda de que la recuperación más importante fue en el
campo de la educación, particularmente en torno a las universidades. La
mayoría de los brasileños, incluyendo a Guedes, aún no saben que en
Chile la educación superior gratuita, suspendida por decreto por la
dictadura militar a inicios de los 80, fue reinstaurada por el Congreso
en enero de 2018.
Mientras tanto, la privatización y capitalización de Pinochet de la
seguridad social, el modelo de Guedes para la reforma de pensiones
propuesta en Brasil, se ha vuelto la pesadilla de la mayoría de los
pensionados chilenos. Contrario a lo que Guedes y sus seguidores
aseguran, las pensiones promedio de los chilenos son un 33% del sueldo
que recibía el trabajador previo a su retiro, y el 91% de los
pensionados recibe en promedio apenas 200 dólares mensuales, lo que
obliga al 60% de ellos a recibir un bono del Estado, aprobado por el
gobierno de Bachelet en 2008.
Quizá por esto es que Chile tiene una de las tasas más altas de
suicidios de adultos mayores en el mundo. Una encuesta de Cadem
realizada en 2018, detectó que el 88% de la población chilena está
insatisfecha y quiere cambiar el actual sistema de capitalización de
fondos de pensiones.
Finalmente, para aquellos brasileños que sueñan con una privatización
total de los activos del Estado, se debe dejar constancia de que,
incluso durante la dictadura militar, nunca se consideró la privatización del cobre ni de Codelco, la única gran empresa propiedad del Estado y la compañía productora de cobre más grande del mundo.
Aún hay tiempo de prevenir que el fanatismo ideológico de Guedes
destruya 90 años de historia económica brasileña, por servir a los
intereses de un pequeño grupo de banqueros, inversionistas y agro
exportadores, atropellando los intereses del resto de la sociedad
brasileña.
FUENTE: BIOBIO CHILE