Auge y caída de la Lista del Pueblo

La
“Lista del Pueblo” llegó como un huracán. Con 940 mil votos obtenidos
durante las elecciones para la Convención Constitucional, el colectivo
consiguió 27 de un total de 155 convencionales y con semejante respaldo,
el colectivo, rápidamente, hizo sentir su peso en la Convención. Y
luego, a la vuelta de pocas semanas, sin apenas conocerse sus
integrantes, todos ellos orgullosamente independientes, antineoliberales
y libres de la pesada mochila de los partidos tradicionales, la Lista
del Pueblo anunciaba con voz poderosa que ya no se limitaría a modificar
la Constitución, sino que además, se presentaría a las elecciones
presidenciales y parlamentarias.

¿Pero quiénes eran sus integrantes que gozaban de semejante respaldo?

Casi
todos sus integrantes tienen título profesional, en su mayoría,
asociados a las humanidades: los más numerosos eran los profesores de
historia, abogados, también una socióloga, una abogada-enfermera, un
ingeniero civil industrial, un arquitecto, una médico internista, entre
otros.

Su
discurso era y sigue siendo contestario, emotivo y, según ellos, en
íntima sintonía con quienes protagonizaron el estallido social del 18 de
octubre. Su página web dice: “Somos el Pueblo, somos quienes hemos
luchado toda la historia por obtener dignidad y justicia. Somos quienes
hemos vivido y crecido en la inequidad y la desigualdad, somos quienes
nos levantamos un 18 de octubre para decir basta”.

Embebida
de esta superioridad moral, la Lista del Pueblo rápidamente desechó
toda alianza con las demás fuerzas: el Frente Amplio, el Partido
Comunista, por supuesto, la ex Nueva Mayoría y ni hablar de la derecha.

Constituidos
a la velocidad de las redes sociales, en apenas unas cuantas semanas
contra todo pronóstico, el colectivo se veía dominado, obsesionado si
cabe, con la idea de romper con todo. Estaban creando una nueva
constitución, un nuevo Chile, una nueva forma de hacer política… ¿había
escuchado antes esas palabras?

¿Y que proponía este referente?

Sus
propuestas, pocas veces explicitadas en un programa común, pues a fin
de cuentas podríamos definirlos como “independientes unidos contra el
sistema”, incluían estado plurinacional, laico e inclusivo sistema de
gobierno semipresidencial, es decir, un parlamento más fuerte, deberes
como el respeto a la diversidad o estudiar y trabajar con
responsabilidad, entre otros y, finalmente, derechos, hartos derechos:
derecho al agua, igualdad, derecho a la educación, pensiones y
fortalecimiento de las regiones.

Todo
era tan puro, noble, prístino y políticamente correcto… independientes,
libres de sospecha, sin mácula, podían decir y actuar como quisieran en
medio del fervor cada vez más totalitario de las redes sociales, pues
todo aquél que los criticara, o tenía techo de vidrio o se exponía a una
funa real o virtual.

Pero en política, siempre es peligroso enarbolar la bandera de la nobleza inmaculada.

Recordaba,
a medida que veía su actuar una entrevista a un politólogo argentino.
“¿Cuántos países democráticos carecen de partidos en el mundo?, solo
seis y todos con menos de 100 mil habitantes. Los partidos organizan,
priorizan y ponen contrapesos internos a la búsqueda del poder”, decía.

Y llegó el gran día.

El
4 de julio se realizó la solemne ceremonia de instalación de la
Convención Constitucional. Medios de comunicación de Chile y el resto
del mundo observaban el momento en que estos 155 convencionales,
paritarios en género y con una representación inédita se decía de
nuestro país, tomarían el juramento de darle a Chile una nueva
constitución, no en una cancha de pelota como ocurriera en la Revolución
Francesa, sino en los jardines del hermoso edificio neoclásico del
antiguo Congreso Nacional en Santiago.

Pero
de solemne, poco hubo. Solo la digna y firme estampa de la funcionaria
del Servel, Carmen Gloria Valladares, pudo sacar adelante la ceremonia
de instalación, a pesar que la constituyente de la Lista del Pueblo Elsa
Labraña la increpara exigiéndole, cartel en mano, que terminara con la
ceremonia,
pues
afuera, manifestaciones, gritos y varios constituyentes también de la
Lista del Pueblo, dialogaban unos con los manifestantes y otros formaban
parte de las protestas.

La
constituyente magallánica de la Coordinadora Social, Elisa
Giustinianovich, días después recordaba, consternada, lo ocurrido.
“Habíamos preparado una hermosa manifestación y concurrimos con nuestros
hijos y nuestras familias hasta el lugar donde se daría inicio a esta
ceremonia, a este nuevo Chile. Y entonces, Carabineros empezó a
atacarnos y reprimirnos y se desató todo tipo de violencia”. O algo así
le entendí.

La
escuchaba y me preguntaba: “¿Quién va a una ceremonia de este tipo con
sus bebés y sus hijos?, ¿cuál fue el motivo de hacerlo en un ambiente
tan c
rispado como el actual sabiendo que había cordones policiales?, ¿qué buscaban?, ¿les interesaba realmente lo que está en juego?”

La
observé largo rato a través de la pantalla. Su rostro, sus gestos, los
ojos al suelo o hacia el costado, en todo momento esquivando la
mirada,
como si recitara un libreto aprendido. Tal vez me equivoco, tal vez no,
pero ya mi sensación en esos primeros días de julio era pensar “qué
rápido están aprendiendo las prácticas que tanto critican”.

Y
no es que al interior de la lista no hubiera gente valiosa, como lo
reconoció una de sus más duras detractoras antes del inicio del proceso
constituyente. “He conocido durante todo este trabajo gente muy
preparada y estudiosa en la Lista del Pueblo. Me retracto de muchas
cosas que dije antes de conocerlos, echando a todos en el mismo saco”,
dijo nada menos que la constituyente Teresa Marinovic.

Pero
eso nunca basta cuando se trata de la búsqueda del poder. El
vicepresidente de la Convención, Jaime Bassa, advirtió que veía al
colectivo y otros constituyentes más empeñados en mostrar el descontento
social que en trabajar en una nueva Constitución.

Y
así era. Como un adicto que no sabe el momento en que la droga se
apoderó de sí mismo, la Lista del Pueblo ya se había convertido en un
movimiento político sediento de un feroz apetito de poder, literalmente,
a cualquier costo… pero sin la orgánica, funcional y programática, ni
tampoco los mecanismos de contrapeso y control interno que, aunque
deficientes casi siempre, al menos, son mejor que nada.

Por todo ello, con la misma velocidad digital alucinante con la que nació, la Lista del Pueblo se desmoronó.

El
proceso para elegir a un candidato presidencial degeneró en un
escándalo lapidario. Primero, se nombró a Cristian Cuevas y luego, sin
que nadie supiera porqué, fue bajado para buscar un mecanismo más
“acorde” con el carácter independiente del movimiento, que la persona
que presentara el mayor número de firmas ante notario sería proclamada
candidato a la presidencia. No habría discusión sobre programas,
objetivos, ni nada. Eso lo hacían los partidos tradicionales…

El
ganador de semejante proceso fue Diego Ancalao quien había pasado por
la DC, Izquierda Cristiana y era cercano al FRVS. Su historia, está
salpicada de situaciones irregulares.

El
absurdo procedimiento selló el destino del colectivo. Claudia Pérez, la
Tía Pikachú, renunció denunciando “continuas fricciones, malas
prácticas, actitudes matonescas y la evidente falta de probidad de
algunos dirigentes”. Denuncias similares se oían hace rato.

Era
la antesala para el acto final, cuando el Servel denunció que el
candidato presidencial de la Lista del Pueblo había presentado 23 mil
firmas falsas ratificadas por un conocido notario de Santiago, fallecido
hacía más de un año.

Y
había más. Como denunció esta semana Ciper, habría boletas rendidas al
Servel y que fueron cuestionadas por la Comisión de Ética del
conglomerado. Ciper contabilizó 24 boletas y facturas de familiares
directos de los candidatos, o de sus compañeros de lista, incorporadas
en sus rendiciones. Hijos, hermanas, un cónyuge, una tía, un cuñado, un
sobrino y una nuera figuran en los gastos presentados por cuatro
candidatos. También se detectaron problemas en cuatro boletas que suman $
7,5 millones extendidas a tres candidatos del Biobío. Aunque sigue en
curso la revisión del Servel, la investigación del propio conglomerado
ya anota dos expulsiones: el excandidato Mahnke y su jefa de campaña,
Miriam Parra.

Giustinianovich
fue una de las primeras en renunciar. Pronto, otros la siguieron. Luego
vino la desbandada y al final ya era un sálvese quien pueda. Este
miércoles, 17 de los 27 constituyentes de la Lista del Pueblo original,
anunciaban su renuncia y la creación de un nuevo referente, otro más,
llamado “Pueblo Constituyente”, “para rescatar los principios que die
ron vida al movimiento”. ¿Será diferente esta vez?, algo me dice que no.

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