UNICEF
estima que entre el 50% y 60%, de los afectados en desastres naturales,
-como los que se están registrando en varias partes del mundo-, son
menores de edad, donde la mortalidad es una de las grandes consecuencias
debido a los problemas de contaminación del agua y/o alimentos, la
desnutrición e higiene. Como segunda consecuencia tenemos los traumas o
problemas emocionales, psicológicos, físicos y sociales
(biopsicosocial), derivados de la pérdida de seres queridos, mascotas,
hogares y colegios, los desplazamientos por reubicación, falta de
alimento, etc.
Es
frecuente que los menores de edad deban abandonar sus estudios, como
consecuencia de los desplazamientos y la necesidad de trabajar en el
levantamiento, reparación y adaptación de un nuevo hogar, donde la
escuela queda rezagada y por ende, el principal lugar de socialización y
aprendizaje de estos jóvenes.
Hay tres tipos frecuentes de respuesta después de un evento de tales características:
–
Primera etapa, sentimientos de miedo, ansiedad, pena o alegría de que
sus seres queridos hayan sobrevivido. Independiente de la edad, pueden
mostrar signos de querer ayudar, sea porque lo sienten, imitación,
entretención o compañía.
–
Segunda etapa, después del desastre (inmediato o después de varias
semanas), los niños pueden estar irritables, apegados, necesitados de
afecto físico. No es poco frecuente que puedan retroceder a niveles
anteriores de su desarrollo y mostrar signos como mojar la cama y miedo a
la oscuridad. Pueden aparecer síntomas físicos como dolor de cabeza,
alteración del sueño y cambios en el apetito.
–
Tercera etapa, se llama reconstructiva, puesto que los niños y su
familia intentan reconstruir su vida, pudiendo demorar meses, años o
toda la vida.
Gran
parte del aprendizaje de los niños es a través del observar las
conductas de los adultos. Frente a los diferentes tipos de desastres, el
cómo nos comportemos va a influir en su salud mental y emocional. Dicho
de otra manera: “la respuesta de los padres al desastre condiciona la
del niño”.
Un
claro ejemplo es “La Vida es Bella”, película dirigida por Roberto
Benigni, ambientada en la Italia nazi y que está basada en la
experiencia de un superviviente de un campo de concentración.
El
protagonista Guido, de origen judío, es llevado a un campo de
concentración junto a su hijo de 5 años. Para que el menor no sufra, su
padre inventa que vivir la rutina del lugar (esconderse, comer poco,
dormir hacinado, etc.), es sólo parte de un juego, donde el ganador
podrá subirse a un tanque. Esta cinta muestra que, frente a las grandes
adversidades, como son los desastres naturales, sí podemos darle otra
significación.
Dentro
de las cosas que los adultos podemos hacer por los niños, es escuchar,
mostrar la disposición para que puedan expresar lo que sienten, intentar
retomar las rutinas lo más pronto posible. Esto crea seguridad y no
menos importante es responsabilizarnos de nuestro propio trauma y si es
necesario, pedir ayuda a especialistas.