Ustedes
se preguntarán queridos lectores ¿Que hace una mexicana que estudia
estromatolitos en el desierto, emprendiendo un proyecto para ver el
microbioma de la piel de diferentes organismos de Magallanes como
bio-sensores ante cambio climático global y el agujero de ozono? La
respuesta es una historia de vida, en este caso, la mía. Desde niña yo
quería entender como el ADN explicaba la vida y la biodiversidad, por
eso estudié biología y luego hice mi tesis de licenciatura y maestría
sobre el comportamiento de los cromosomas ante retos ambientales
(contaminantes). Sin embargo, la citogenética era una herramienta
demasiado gruesa para entender como el ADN, una sola molécula común a la
vida, podría explicar la diversidad. Así que decidí hacer mi doctorado
en una línea nueva en México: Ecología evolutiva de bacterias. Desde
1985, cuando inicié mi doctorado, era evidente que esta era una parte
importantísima de la diversidad, ya que la ancestría de las bacterias se
remota al inicio de la vida hace casi 4 mil millones de años. Cuando
comencé mis estudios de la diversidad de Rhizobium (una bacteria que
fija nitrógeno de la atmósfera) asociados a frijoles con diferente rango
de domesticación, mis compañeros del doctorado en ecología no estaban
muy seguros que esos bichitos que no se veían tenían ecología, ya no
digas evolución. Sin embargo, con las primeras herramientas moleculares
de la época, isoenzimas, encontramos que había mucha más diversidad de
Rhizobium en los frijoles criollos que en los silvestres o los
cultivados con agroquímicos y que esta diversidad había sido parte del
proceso de domesticación de la milpa. Luego, ya casada y con un bebe de 2
años, fuimos con mi marido y colaborador de vida, Luis Eguiarte a
estudiar un posdoctorado a California, y ahí trabajé en evolución
experimental en una bacteria que todos conocemos y se llama Escherichia
coli. Este trabajo me enseñó que, en un frasquito con un medio de
cultivo simple, la respuesta parcial a mi pregunta infantil se podía
resolver: las mutaciones y la selección natural son las fuerzas
iniciales que guían los procesos de diversificación. De regreso a la
UNAM con dos niños, entre 1993-1999 seguí trabajando como investigadora
en entender los procesos naturales de diversificación de estas dos
bacterias modelo, una que te enferma (E. coli) y otra que te da de comer
proteínas vegetales (Rhizobium) dilucidando con secuencias de ADN sus
procesos evolutivos. Fue en esos tiempos que conocí a Paola Acuña,
estudiante chilena que vino a estudiar a México su posgrado y nos
hicimos amigas. Sin embargo, en 1999 todo cambió con una visita de un
representante de NASA a nuestro laboratorio, quería que Luis y yo
participáramos en un proyecto de Astrobiología en el oasis de Cuatro
Ciénegas Coahuila, sitio donde ellos habían identificado una gran
diversidad de estromatolitos: comunidad compleja de microbios que se
remontaban a los fósiles mas antiguos del planeta. Ahí aprendí que la
Astrobiología busca entender lo que yo venia buscando desde niña, como
una sola molécula explica la explosión de vida en este planeta y que
buscar en otros planetas donde probablemente moléculas equivalentes
explicarían los procesos únicos de cada origen y diversificación.
Después de 21 años de estudiar a Cuatro Ciénegas, encontramos que esta
es una máquina del tiempo que se aisló con todo y sus sedimentos marinos
ancestrales en una montaña con magma en la panza, esta sierra que se
llama San Marcos y Pinos, guardó, cual cofre del tesoro, la historia de
la vida y sus procesos de diversificación desde el inicio, explicándonos
con su ADN no solo la diversidad, sino cómo funcionan estas comunidades
y han sobrevivido por medio de la cohesión comunitaria y la cooperación
a todos los enormes cambios ambientales de la historia del planeta.
Ahora, gracias a Paola, directora de Fundación CEQUA, se nos abre este
nuevo reto magallánico es ver cómo estamos lastimando a la biodiversidad
actual con los efectos antropogénicos que están transformando nuestro
entorno a pasos agigantados. Los microbios que se encuentran en
cubierta (piel, pelos, plumas, caparazón, escamas, superficie vegetal)
de las especies que conforman la trama alimentaria del área marina
protegida Francisco Coloane y en general del sistema de fiordos y
canales de la región de Magallanes nos va a permitir medir la
resiliencia de la vida marina ante el estrés asociado al incremento de
la temperatura del agua de mar y radiación ultravioleta, ya que las
comunidades microbianas cambian constantemente en respuesta a las
variables ambientales, mientras que los organismos que las hospedan:
ballenas, lobos marinos, pingüinos, crustáceos, peces y sargazos, son de
vida mas larga y por lo tanto sus respuestas adaptativas son mas
lentas.