El futuro está en el cambio

A cualquier
ser humano el futuro le pertenece y tiene que ganárselo por sí mismo,
pero junto a sus análogos. Recordemos la firme convicción, de cómo
surgen las Naciones Unidas después de una triste contienda, precisamente
del compromiso de unas gentes diversas que se implican en mantener la
paz y la seguridad internacionales, avivando entre los países relaciones
de afecto, suscitando un progreso para todos, con un mejor nivel de
vida y el cumplimiento de los derechos humanos. Lo mismo sucedió con la
Unión Europea, un grupo de entusiastas soñadores, deseaban un porvenir
mejor y lo hicieron sustentándolo en la capacidad de trabajar unidos,
superando las divisiones, sin frentes ni fronteras entre sí. Estos
claros testimonios lo que nos indican, es que necesitamos pensar más los
unos en los otros, cuidar de la fragilidad de cada cual, con expresión
de cercanía que es lo que en realidad nos libera de todos los males,
alentándonos y alimentándonos con el abecedario de lo armónico, cuando
menos para perder el miedo y ganar confianza en nosotros y en los demás.
En efecto, el futuro está en la caída de todos los muros, en los
lenguajes del alma, en la propia existencia que ha de ser, más
auténtica; cada uno con su propio latido, pero todos hermanados, sin
tantas dominaciones ni influencias.

Lo
trascendente es proyectarse en los demás, restituir el hogar común
hasta agotarse, por hacer un mundo muy distinto al actual, donde todavía
los derechos humanos no se han universalizado y el desvelo europeísta
tiene tras de sí el desastre del huracán discriminatorio, aparte de
otros incumplimientos. Desde luego, ahí está el escaso interés de
algunas naciones en la promoción del reparto equitativo de
responsabilidades entre mujeres y hombres, lo que contribuye a
disminuir irreparablemente, ese espíritu humanitario, basado en la
complementariedad y diversidad, que todos requerimos de una forma u
otra, ya que es lo que nos enriquece y nos hace avanzar. Por otra parte,
se nos suele llenar la boca de buenos deseos, y aunque eso no es malo,
lo culminante es llevarlo a buen término. Me refiero, sobretodo, en
referencia a que las mujeres tengan exactamente la misma dignidad e
idénticos derechos y obligaciones que los varones, o a que los ancianos
se les deje de aniquilar, cuando dejan de ser útiles, como si ya no
sirviesen para nada. Ciertamente, el mañana hemos de construirlo en
igualdad de género y de modo intergeneracional. No olvidemos, que la
sabiduría se alcanza con la cátedra viviente y compartiendo ese
magisterio, no excluyendo a nadie. De igual modo, las expresiones de
racismo, vuelven a deshumanizarnos, demostrado así que los supuestos
avances sociales no son tan reales ni tampoco están asegurados en todo
momento.

Es evidente que se han acrecentado los focos de tensión y esto no es bueno para nadie. El rumbo inhumano
nos está dejando sin respiración. No podemos continuar, por tanto,
cruzados de brazos; permitiendo que esos sentimientos de pertenencia a
una misma humanidad nos desvinculen por completo, máxime en un momento
de restricción de movimiento, de inseguridades y de persistente
aislamiento, provocado por la pandemia de COVID-19.

Por
separado, está visto que no se puede batallar la vida. Requiere de la
actuación conjunta. Por eso, que importante es reconocerse y conocer
culturas, soñar enhebrados en la unidad, sabiendo que como seres
pensantes, estamos llamados a entendernos en la reconstrucción de un
mundo fraterno, que a todos escucha y además tiende la mano.

Son
muchas las crisis que atravesamos, pero también el camino es nuestro.
Se trata de que seamos perseverantes en ese espíritu libre, dispuesto
siempre a donarse, a superar las enemistades y a protegernos, con el
bálsamo del amor, que al fin es el que rompe todas las cadenas que nos
separan, tendiendo puentes, extendiendo brazos, ensanchando el gozo del
encuentro. No tiene sentido, pues, ponerse en guardia y activar las
armas. Lo sustancial es siempre salvar vidas; y, bajo este germen, ha de
estar siempre ese apoyo de todos, mediante gobernanzas responsables que
contribuyan a una ciudadanía igualitaria; donde, de una vez por todas,
deje de cambiarse la libertad por el poder.

Será
estúpido proseguir en el absurdo, malgastar el tiempo en no hacer nada,
cuando el destino está abierto a nuestra labor. Pensemos que toda la
vida es un cambio, y como tal, ha de ser también un fecundo intercambio
de pareceres. Un pueblo que progresa desde su original sustrato
humanístico, acaba desarrollando su potencial y enriqueciéndonos a
todos. Únicamente una cultura solidaria que incorpore la hospitalidad
como actitud de vida podrá tener futuro. No importan los contextos en
los que se nace, lo fundamental es trabajar codo con codo, activar la
siembra del cambio como poetas en vela, poblándonos de sueños y
repoblándonos de anhelos, para que se produzca un cambio e
n
los hábitos y en los estilos de vida. No es fácil esta faena, lo
reconozco, es menester valentía y generosidad, buen talante en orden a
reequilibrar emociones y a reorientar vientos que nos degradan y además
nos disgregan. Como siempre en esto, lo significativo es el amor que nos
prodiguemos, para que la fragmentación social deje de envolvernos.
Incluso nuestros propios pasos merecen consensuarse, principalmente a la
hora de recono
cernos en el que camina a nuestro lado, al que siempre hemos de mirarlo con los ojos del corazón, para activar la sapiencia de la interlocución como vía, el espíritu cooperante como directiva y la sensatez como método y criterio.

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