Imposible
no iniciar la columna de esta semana, sin enviar un caluroso abrazo de
consuelo a la familia del sargento Carlos Retamal de Carabineros de
Chile asesinado vilmente en San Antonio. Parte con él una parte de lo
mejor de Chile. Un servidor público joven y anónimo que dedicaba sus
tiempos libres como Carabinero a servir como Bombero. En el se simboliza
el honor, la grandeza de ese Chile anónimo que no copa minutos de
televisión, ni letras en diarios y revistas. Millones de chilenos y
chilenas honestos, trabajadores, que quieren sacar adelante a sus
familias y se ven atemorizados por la lenidad de autoridades frente a
una delincuencia que aumenta no sólo en cantidad de delitos, además de
en las características de una grieta de violencia desatada.
Al
pensar en el sargento Retamal y su familia, uno no puede dejar pasar a
la familia de Carabineros de Chile y la Policía de Investigaciones. Es
cierto, hemos vivido años muy duros. El estallido social nos enseñó que
la protesta, en esa magnitud disponía de una incapacidad de cualquier
cuerpo de seguridad para enfrentarla, más aún, cuando muchos
confundieron el legítimo derecho a la protesta, con la destrucción y el
paroxismo de la locura de incendios en espacios públicos y privados.
Carabineros,
no pasaba, en ese entonces su mejor momento. Una serie de desfalcos en
el alto mando había ya minado la confianza ciudadana que Chile tenía en
ellos, lo que, acompañado de un hipócrita silencio de muchos, no fue
acompañado de una condena a la violencia sin ambages. Es cierto, hubo
violaciones a derechos humanos, y quedaran como un daño irremediable de
la violencia que siempre tiene dos caras y nunca puede ser justificada.
Violaciones no sistemáticas de casos que la justicia deberá resolver y
apartar a aquéllos que no hayan obrado bien, lo mismo en el caso de
desfalco que tanto dañó, paradójicamente, no a ese alto mando
resguardado tras la burocracia de un escritorio, sino que al Carabinero
de a pie, ese que día a día, se enfrenta a una comunidad cuya rabia
aumentó.
Carabineros
y la Policía de Investigaciones son instituciones permanentes de
nuestra República, y es nuestro deber como ciudadanos cuidarlos,
protegerlos, obedecerles y trabajar con ellos pues cumplen una labor
indispensable para la democracia y el estado de derecho; hacer cumplir
la ley.
Por
lo mismo, llegó el tiempo de actuar con firmeza y sin medias tintas, de
ser muy duros con aquellos que ataquen a nuestros agentes del orden,
llegó el tiempo de acabar con la incivilidad de la que muchos no dijeron
nada, o auspiciaron de manera cómplice.
También
es tiempo de condenar y hacer un gran mea culpa, para todos aquellos
que alguna vez condenamos en la inmediatez, casos como el de Panguipulli
donde un Carabinero ante la legítima defensa actuó y dio muerte a un
joven. Tenemos que actuar con mayor parsimonia, sin adelantar juicios
que dañan a las personas, y eso pasa también por el actuar de
Carabineros en situaciones límites.
Es
hora también que las autoridades, el Gobierno y el Congreso, pongan en
discusión una agenda de seguridad robusta, con las distintas iniciativas
que se encuentran en el Congreso y de una vez por todas puedan ser
despachadas con rapidez, esto requiere de trabajo político y de acuerdos
amplios.
No
podemos no tener leyes con penas más duras para aquéllos que produzcan
incivilidades, dañen el patrimonio público, o maten o hieran a los
agentes del orden. El uso de la fuerza del Estado es sin duda uno de los
pilares de la democracia y defenderlo requiere de normas modernas en
materia de inteligencia, terrorismo y narcotráfico. No es posible que
hayan pasado las últimas tres presidencias creándose comisiones de
reforma al Código Penal -que ya tienen un texto trabajado por académicos
y abogados de renombre- para que nuevamente se cree una nueva comisión
para discutir nuevamente lo mismo, esta vez “con enfoque de género”.
No
puedo acabar estas líneas sin saludar a los miles de efectivos de
Carabineros y de la Policía de Investigaciones que hacen soberanía en
los lugares más alejados de nuestra Patria, en ellos debe brillar la luz
del ejemplo del sargento Retamal y de tantos mártires de ambas policías
que han sido cobardemente asesinados cumpliendo su labor, vaya para
ellos y sus familias un abrazo lleno de amor por Chile.