Este
jueves, a los 92 años, falleció Humberto Maturana Romesín (Premio
Nacional de Ciencias 1994). Se trata de uno de los científicos y
pensadores más reconocidos de nuestro país, autor de innumerables libros
donde destaca uno ya casi de culto, “El Árbol del Conocimiento”,
escrito junto a su ayudante y estrecho colaborador, Francisco Varela, con quien en los años setenta acuñaron el concepto de la “auotopoiesis”.
A
pesar a ser de origen muy humilde, logró salir adelante y entrar a
estudiar medicina en la Universidad de Chile y, pese a no terminar la
carrera, su labor como ayudante en la cátedra de biología le abrió
nuevas perspectivas. Gracias a una beca de la Fundación Rockefeller
ingresó al University College de Londres, en donde estudió anatomía y
neurofisiología. Años más tarde, obtuvo un doctorado en biología en la
Universidad de Harvard.
Mención
aparte merece su paso por el departamento de ingeniería eléctrica del
Instituto Tecnológico de Massahusetts donde, junto al científico Jerome
Lettvin, fueron postulados al Premio Nobel por haber sido los primeros
en registrar actividad en una célula de un órgano sensorial. Es decir,
se trata de un chileno tremendamente destacado e influyente en el ámbito
científico, pero que, más allá de eso, fue de aquellos personajes que
logran trascender un circuito específico para afincarse en un
reconocimiento popular.
No
tuve el privilegio de conocerlo personalmente, pero siempre que me topé
con alguna entrevista suya me quedaba escuchándola hasta el final,
fascinada por las cosas que decía este señor de hablar tranquilo y de
apariencia frágil, que transmitía un halo de sabiduría. A propósito de
aquello busqué una entrevista que recordaba le había hecho hace algunos
años Cristián Warnken en su programa “Una Belleza Nueva” (disponible en
Youtube) en donde Maturana, junto con ahondar en conceptos científicos y
filosóficos, también cuenta aspectos más personales que me parecieron
muy reveladores.
Consultado
por su infancia, el profesor decía que había sido muy precaria, pero
que sin embargo había sido un niño muy feliz. Fue criado por su abuela y
su madre, algo que sin duda había marcado de alguna manera su mirada de
la realidad que, me atrevo a decir, sino era feminista, sí era
reivindicadora de las mujeres. Como anécdota, revelaba en la entrevista
que en su juventud se había cambiado de nombre un par de veces como un
juego y que uno de los que había adoptado fue Sasha Romesín, como una
manera de homenajear a su progenitora al poner por delante su apellido.
En
otra parte al hablar sobre educación, Maturana dice que la manera en
que hoy criamos a los niños no es la adecuada puesto que, explicaba, hoy
“los niños son un proyecto”, con lo cual les estábamos negando la
posibilidad de ser niños y habitar su infancia en el presente. Casi al
final de la conversación con Warnken, el profesor Maturana dijo una
frase que me conmovió profundamente y que les comparto: “La emoción que
funda la posibilidad de la existencia humana es el amar, porque es la
que funda la familia”.
Me
he permitido compartir estas sencillas reflexiones sobre una persona
cuyo verdadero aporte comenzaremos a valorar aún más ahora que ya no
está entre nosotros, pero además porque creo que en los momentos que se
vienen para nuestro país vamos a requerir
mucha de las enseñanzas que nos deja Humberto Maturana. La importancia
de escuchar sin prejuicios, de respetar a quien piensa distinto y el
valor del sentido humano, serán imprescindibles para llegar a buen
puerto en la travesía que estamos por comenzar. Descanse en paz
profesor.