La
semana que acaba de finalizar trajo consigo importantes definiciones en
la Convención Constitucional. La primera de ellas es que, si se aprueba
la nueva Constitución, el Senado se terminará el 2026, así como también
el mandato de los senadores electos recién el año pasado.
En
este contexto -y como ya es tónica en la Convención- debimos optar por
el mal menor y votar para que se ponga fin al Senado el 2026 y no
inmediatamente después de entrar en vigencia la nueva Constitución, en
caso de ser aprobada. Esto, sin duda dará cierto margen para demostrar
la importancia de que exista el Senado con atribuciones reales, pero
sobre todo, del error en el que se ha incurrido al eliminarlo.
Por
otra parte, también es relevante poner atención a otra de las normas
aprobadas esta semana: los quórum de modificación a la nueva
Constitución. En esa línea, se hace imperativo reflexionar sobre una
consigna ampliamente discutida y analizada por varios sectores que ya
definieron su voto o que aún se encuentran indecisos de cara al
Plebiscito de salida del 4 de septiembre: “Aprobar para reformar”.
Esto,
debido a que la Convención Constitucional, aprobó el quórum de 4/7 para
realizar modificaciones de escasa importancia a la nueva Constitución, y
que los proyectos que alteren sustancialmente algunas materias en
específico –como el régimen político y el diseño del Poder Legislativo, o
los capítulos de Naturaleza y Medio Ambiente, y de Disposiciones
Transitorias- deban ser aprobados por 4/7 y además ser sometidos a un
referéndum ratificatorio. Es decir, que la ciudadanía acuda a las urnas a
aprobar o a rechazar con su voto, los futuros cambios a la nueva
Constitución, salvo que sea aprobado por 2/3 de ambas cámaras; cosa que
en la práctica, resulta casi imposible.
Así,
considerando la gran extensión de la nueva Carta Magna, su carácter
maximalista, el gran número de derechos y la creación de nuevas
instituciones y cargos públicos, es absolutamente necesario tener
realismo político y asumir que, de ser aprobada, tanto el Senado como la
Cámara de Diputados, tendrán la enorme responsabilidad de dictar
decenas de nuevas leyes, adecuaciones normativas y además, hacer
múltiples modificaciones a la nueva Constitución. Y llegado ese momento,
el poder legislativo se encontrará con un gran problema: los quórum de
modificación y el inevitable peregrinar de la ciudadanía de Plebiscito
en Plebiscito.
Siendo
este el escenario que se presenta, de ser aprobaba la nueva
Constitución resulta incomprensible no haber conservado el quórum de 2/3
en donde se exhortaba a los políticos hacer su trabajo: ponerse de
acuerdo y legislar. Sin embargo, se optó por poner un cerrojo, se optó
por un escenario en donde se hará extraordinariamente complejo hacer
modificaciones sustanciales a esta blindada Constitución; y así el
argumento de “Aprobar para reformar” pierde toda lógica.
Tal
y como con en el transcurso de los meses se fue desoyendo a la
ciudadanía y se fue perdiendo la finalidad de escribir una Constitución
que nos uniera como chilenos y que sentara las bases de una sociedad más
justa y equitativa.