¿A
quién le creo?; ¿Estará diciendo la verdad?; ¿Por qué nos mienten?
Seguramente son las preguntas más frecuentes cuando escuchamos, sin
distinción de sector, a todos quienes integran la “clase política”. Y es
que estamos muy mal si tenemos que referirnos a ellos como una “clase”,
quizá con aires de superioridad incluso ante la gente que dicen o
pretenden representar, aunque no todos, claro, porque aún existe
vocación de servicio (aunque escasa), y por un par de frutas que llevan
años descompuestas, no podemos pretender que la descomposición política
sea total: De aquí entonces es clave que no podemos votar en noviembre
próximo por esas “frutas” que llevan eternos periodos en el congreso,
porque son parte esencial del problema, y no tendrán la solución en un
nuevo periodo, si hacia atrás poco y nada pudieron resolver. Pero
apartando a esos pocos pero buenos representantes que se la juegan por
hacer las cosas bien, por una convivencia sana entre quienes componen
los poderes del Estado; apartando a quienes dedican su trabajo a
reconstruir confianzas y dignificar a sus electores con políticas
públicas que sean efectivas y vayan en beneficio de la comunidad,
existe, por otro lado, el mundo oscuro donde la mentira pasa a ser la
regla general, donde aprovechándose de la desinformación, no hay
vergüenza en manipular hechos para crear caos y así generar profundas
odiosidades. BASTA, y con mayúscula, porque si antes sirvió dividir a un
país que, por falta de acceso a información real no podía conocer la
verdad, hoy en un mundo híper conectado, hace falta solo un par de segundos para leer y verificar dicha información y así terminar con profundas odiosidades.
En
una cancha profundamente desigual, los goles de medio campo mientras
nos distraemos han sido parte de la política de los últimos años,
transversales a quien nos gobierna y eso debe terminar. ¿Dominga? Grave,
y esperemos que la verdad sea conocida para sancionar a quien
corresponda, o liberar a quien se inculpa.
Pero
construir un nuevo Chile no significa refundarlo como algunos quieren.
Significa gobernarlo con honestidad, con un reconocimiento a los
errores, y con disculpas sinceras; un país nuevo no es aquel que cambia a
sus actores pero mantiene el mismo guión –basado en mentiras y
ocultando información-, sino aquel que es capaz de llenar el teatro,
porque el público se da cuenta que es honesta la función.
Tenemos
que hacernos cargo de la construcción de nuestro país, pero si no somos
capaces de entender que es NUESTRO, y lo entregamos a un grupo que lo
cree suyo, mal podremos avanzar en
el camino de la verdad y la unión. Es nuestra tarea permitirles seguir
mintiendo con descaro a quienes han transformado la mentira en su
verdad, o enviarles a casa para que nunca más crean que sus poderes
pueden estar por sobre nuestros derechos.