La
Democracia Cristiana (DC) chilena ha ido perdiendo representatividad en
la ciudadanía hace menos de una década, profundizando en una crisis con
los resultados obtenidos en las elecciones de constituyentes, dejando
la inevitable incertidumbre del porvenir de esta colectividad. Sin
embargo, la DC debería aprovechar esta oportunidad para tener un nuevo
renacer o una fuerza transformadora como la que se vivió con la ruptura
de la Falange Nacional con el mundo conservador en 1957.
Desde
el inicio de la revolución en libertad, origen de la colectividad, se
ha luchado por el respeto a las personas y la protección de la
democracia. Si a esos principios se recuperan la convicción de impulsar
cambios sociales y se ubican en la posición histórica, con el sentido
lógica de centro, la DC podría captar a aquellos ciudadanos que buscan
moderación y a la vez cambios.
Lamentablemente,
en la actualidad coexisten muchas modalidades internas que han ido
fragmentando y desalentando el norte de sus ideas y los cambios que
deben hacer. Estas tendencias en disputa han dejado de convivir,
fracturando a tal nivel que las separaciones a la colectividad se
repiten cada cierto tiempo. Todo esto por los proyectos políticos
individuales, los deseos de poder, los cálculos políticos de costos y
beneficios, por tratar de acomodarse en un cargo público o por querer
ser yanaconas de quienes están en el gobierno.
Roto
el equilibrio de partido se deja de perseverar unidos, se pierde la
armonía y la fuerza interna que los ha caracterizado desde sus inicios
como un actor protagónico de la política chilena. Atrás queda su
capacidad de colaborar para la recuperación de la democracia en Chile en
plena dictadura, la conducción de la transición política, entre otras.
Todas
estas tendencias internas que fueron apareciendo y las malas decisiones
tomadas por sus líderes, fueron alejando a la población, que en su
momento se sentían plenamente identificados con los valores originales
del social cristianismo y compartían el mismo interés del progreso, pero
con moderación. Así ese distanciamiento a sus orígenes, han alejado a
la colectividad del centro del sistema de partidos y de la popularidad
al no tomar las decisiones razonables de acuerdo a los tiempos.
Este
es el momento que la DC se identifique con las nuevas aspiraciones de
la población. Es decir, deben volver a su espíritu para reafirmar las
perspectivas de poder que aún le quedan y al mismo tiempo, abrir camino
de forma solitaria para acabar con esta crisis. Este es el momento para
reflexionar y resolver estas disputas internas, retomar el social
cristianismo sin seducirse por el progresismo extremo.
Así
como todo partido político, la DC tiene que reconstruir internamente
sus ambientes desde lo organizacional a lo transcendental. En otras
palabras, debe reactualizarse, modificar su plataforma programática, han
de acercarse a los jóvenes, a las nuevas temáticas, a los nuevos
mecanismos de movimiento políticos y dar cabida a nuevas ideas. Y en lo
trascendental, volver hacer comunidad política, mantener una camaradería
interna, más aún actuar en unidad de perseverancias, adaptarse a la
nueva realidad y dar respuestas con honestidad y convicción.
De
la misma manera, hay que decir que la Democracia Cristiana a lo a lo
largo de su historia ha tenido crisis, disidencias y fracasos. Además,
desde su inicio como partido en Chile se ha pronosticado que está por
morir, tanto la derecha, izquierda y radicales casi todos han fantaseado
con ello. Sobre todo, ya en las últimas elecciones municipales se
indicó el fin de la colectividad y obviamente la DC renace siempre como
la cigarra, como lo dice la canción, para seguir cantando, compitiendo y
siendo un partido necesario para servir a los ensueños de los chilenos y
chilenas de esta cosecha.