La familia Rojas

Ni
la Rojas ni lo Rojas nos han dado satisfacciones, quién no recuerda el
episodio de del “Cóndor Rojas”, cuando fingió una agresión con una
bengala, para justificar lo que era una evidente derrota ante Brasil, un
condorazo marcado por el fraude y la complicidad de la delegación. Al
parecer, existe por un lado, una tendencia que nos caracteriza, que nos
permite transitar de la simple picardía a la pillería, a la simulación y
de esta al fraude, extraviando el camino de la rectitud en el obrar.
Lo peor, nuestra reacción ciudadana, que va desde la tolerancia a la
conmiseración o la distorsión, reemplazando un ajustado juicio de
reproche por el escándalo que dura tan poco como un relámpago en
primavera.

El
numerito de Rodrigo Rojas Vade, histriónico y frenético, no es ajeno a
nuestro quehacer político, todavía está en nuestra retina al regreso a
Chile del General Pinochet, en silla de ruedas o el fallo en que se le
sobresee por una enfermedad tan rara que sólo se conoce en algún
antiguo libro de medicina, nadie creyó entonces y nadie cree ahora, ni
en la agresión al Cóndor Rojas, ni en la enfermedad del General ni en el
cáncer de Rodríguez Rojas Vade, pero al menos el Cóndor tuvo una
sanción en el ámbito deportivo. En la política es más difícil, todo
dramón vende, las separaciones, los conflictos de familia, o a una
simple infracción de tránsito, el victimizarse pasa a ser una forma de
promoción que cautiva a los incautos aficionados al melodrama.

Con
todo, al menos este proceso constituyente tiene el mérito de ser
público, informado, con un monitoreo constante de las actuaciones de los
consti
tuyentes,
lo que le otorga una legitimidad indiscutible, no resulta homologable
al proceso de formación de nuestra actual Constitución, donde muy pocos
hemos accedido siquiera a las actas que se quisieron publicar, nunca se
confrontaron los constituyentes al escrutinio público, no conocimos ni
de simuladores ni de presiones, simplemente fuimos los depositarios de
la norma.

La
simulación es tan antigua como la república, la familia Rojas, es más
amplia de lo que se piensa, sólo es cosa de escuchar el promedio del
discurso político, lleno de promesas faltas de contenido, donde se hace
valer toda suerte de argumentos e historias personales, sorpresivas
conversión al evangelio, defensores de la vida y de la familia
divorciados y enemigos del aborto que en privado sostienen lo contrario,
boletas ideológicamente falsas, compromisos ocultos de financiamiento
de la política que coexisten sin problema con las normas de probidad y
transparencia más exigentes. Luego, insertos en una cultura como la
nuestra carece de sentido demonizar y condenar a un integrante de la
familia Rojas, que quizá no tiene cáncer, pero si padece de la misma
neurosis o perturbación mental que otros megalómanos o salvadores de la
patria.

En
realidad si toda simulación mereciera condena, las cárceles estarían
llenas y nuestro gran problema no sería una nueva Constitución, sino que
la salud mental comprometida en el proceso.

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