La historia es nuestra y la hacen los pueblos

En los inicios de la década de los 80 del siglo pasado, la instalación del modelo neoliberal en Chile causó grandes estragos sociales, llevando a la pobreza y extrema pobreza a gran parte de la población. Se deteriora la capacidad interventora y generadora del empleo del Estado y el gobierno privilegia proteger la banca antes que los indicadores sociales. Aumenta el desempleo y los salarios son bajos. La carencia y limitación de derechos civiles, sumado a la represión criminal de los organismos del Estado hacia los ciudadanos opositores, generaron condiciones para una ola de protestas en contra de la dictadura militar.  Faltaba sólo un acto decidido y valiente para enfrentar al dictador e iniciar el camino de resistencia generalizada, que nos permitiera recuperar la democracia.
La noche del 24 de febrero de 1984, en Punta Arenas, cientos de ciudadanos se reunieron en calle Sarmiento a decirle al paso del dictador que no era bienvenido en la ciudad. En la manifestación, el joven socialista José Manuel Chiguay es atropellado, lo que aumentó la indignación y fomentó las intenciones de manifestarse. Al día siguiente, los dirigentes vecinales llamaron a un tercer cabildo ciudadano en donde se decidió manifestarse de frente al dictador. El domingo 26, un millar de pobladores armados sólo de valentía y convicción comenzaron el tránsito por un camino sin retorno en que todo Chile le dice en su cara al dictador: “Que se vaya Pinochet”. La gente perdió el miedo y se convenció que con su accionar se haría posible la consigna: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.
La desesperación de un pueblo, la angustia de familias administrando pobreza, la mirada de incertidumbre de los jóvenes hacia el futuro, la falta de confianza en las instituciones, la represión brutal de las fuerzas policiales, nos hace pensar que la historia es cíclica. Cuando reina la injusticia despierta la cohesión y la expresión colectiva. Chile debe ser para todos y todas, así mismo, todos y todas debemos ser parte de Chile.
Más democracia, más participación, instituciones y mandatarios representativos y realmente servidores, pactos de convivencia justos y solidarios, ciudadanos demandantes, involucrados y activos debe ser la ruta a seguir. Desde esta columna mi homenaje es a todos y  todas  aquello/as anónimo/as dirigentes sociales y vecinales que llamaron al Puntarenazo y  nos reafirmaron la frase del compañero Presidente, que: “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”, en especial a mi amigo y compañero Edmundo Cárcamo (Q.E.P.D.). La historia algún día los reconocerá.

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