Las
autoridades se encuentran impulsando con fuerza el regreso a clases
presenciales, pese a la pandemia, y en este sentido, están incentivando a
que los colegios cuenten con clases híbridas, en el entendido de que no
pueden asistir todos los estudiantes a la vez producto de los aforos
máximos de las salas. Ahora bien, antes de criticar por criticar,
entendamos primero cómo operan las clases híbridas: el docente hace su
clase a las y los alumnos que se encuentren en el aula y, al mismo
tiempo, a las y los estudiantes que se encuentran conectados, mediante
alguna plataforma, desde sus casas. Es decir, las y los profesores deben
atender a los niños, niñas y adolescentes que se encuentren en las
dependencias del establecimiento, pero a la vez responder las consultas
de los que están tras las pantallas (que son la mayoría). A todas luces
ésta modalidad no lograría un aprendizaje significativo, así lo han
manifestado los mismos maestros y las y los apoderados, ya que los
docentes estarán más preocupados del micrófono, del audio, de su cámara,
que prendan las cámaras los estudiantes que estén en su casa y la lista
podría seguir con la gran cantidad de distractores que habrían, los que
no permitirán que los contenidos se pasen con normalidad.
Digamos
las cosas como son, las clases híbridas no tienen ningún sentido, salvo
cumplir con la “voluntariedad” de retornar al colegio “sugerida” por el
Ministro de Educación y compañía. Si el objetivo es que los niños,
niñas y adolescentes socialicen, ellos podrían compartir de igual manera
con sus pares y, de hecho, lo hacen, se las arreglan para verse en
otras instancias, pero no impongamos tal o cual metodología de enseñanza
a la fuerza, así no se puede manejar la educación y es desconocer la
forma más adecuada de entregar los contenidos para que los aprendizajes
sean significativos. Cada realidad es distinta y particular. Se ha
visto, tal como lo expliqué anteriormente, que las clases híbridas son
un caos y que no son fáciles de implementar, al menos se necesita tiempo
para capacitarse en el manejo de la tecnología y recursos que siempre
son escasos en educación, entre otras materias.
Dicha
forma de trabajar de seguro que implicará aumentar (más aún) el estrés
de los maestros, con las consiguientes licencias médicas. Además, la
implementación técnica de esto significa altos costos para los colegios,
que ya han sido golpeados con la morosidad producto de la crisis
sanitaria y la disminución del empleo.
Las
clases híbridas, por tanto, agregará más niveles de agotamiento y
cansancio para un sector que ha tenido que reinventarse. ¿Se les ha
preguntado a las y los docentes si están dispuestos a exponerse ante el
alto nivel de contagios o si se sienten capacitados para hacer clases
híbridas? Como siempre, todos son experimentos, seguramente copiados de
algún país desarrollado pero no “aterrizado” a la realidad chilena.
Pongámonos
de acuerdo, existen otras alternativas que se pueden aplicar y que son
más significativas pedagógicamente y que tienen un mayor alcance tanto
en número de alumnos como en asignaturas impartidas. No es lo mismo que
el cara a cara, estamos claros, pero es lo que nos toca vivir en estos
momentos, no olvidemos que estamos ante una pandemia mundial y que la
prioridad es el resguardo de la salud de todos los integrantes nuestras
comunidades educativas.